Malvinas y la soberanía del Siglo XXI: Argentina ante el nuevo mapa del poder Circular 7 septiembre, 2026

Malvinas y la soberanía del Siglo XXI: Argentina ante el nuevo mapa del poder

Las banderas no bastan si se pierde la capacidad de decidir. ¿Por qué la defensa de nuestros recursos y el control de los nodos estratégicos son la clave para no depender de ninguna potencia? El desafío del siglo XXI implica transformar la causa Malvinas en un proyecto integral de desarrollo, ciencia e integración regional. 

Por Neri Leonel Iacopetta

Hay momentos en la historia de las naciones en los que una cuestión aparentemente conocida vuelve a revelar una dimensión desconocida. Malvinas es uno de ellos. Durante décadas, la cuestión Malvinas fue presentada fundamentalmente como una disputa territorial, una reivindicación histórica o una herida abierta desde 1982. Pero el siglo XXI obliga a formular una pregunta diferente: ¿qué significa ser soberano en un mundo donde el poder ya no se ejerce únicamente sobre los territorios, sino también sobre los recursos, la energía, los datos, las tecnologías, las finanzas, las rutas comerciales, las comunicaciones y las capacidades estratégicas?

Esa pregunta cambia completamente la perspectiva. Porque Malvinas no es solamente una discusión sobre unas islas. Es una discusión sobre el Atlántico Sur. Y el Atlántico Sur no es solamente un océano. Es un espacio donde convergen recursos, rutas marítimas, energía, pesca, infraestructura, comunicaciones, proyección antártica y competencia entre potencias.

Por eso, mirar Malvinas desde la geopolítica significa dejar de observar únicamente el territorio disputado y comenzar a observar el sistema estratégico que lo rodea.

La verdadera cuestión no es solamente quién tiene una bandera sobre las islas. La cuestión profunda es quién tiene capacidad efectiva para decidir sobre el espacio que las contiene.

Soberanía es capacidad de decidir.

Y esa capacidad no se proclama: se construye.

El fin de una idea simple de soberanía

Durante buena parte del siglo XX se entendió la soberanía fundamentalmente como integridad territorial y capacidad estatal. Pero el mundo contemporáneo agregó nuevas dimensiones.

Un país puede conservar sus fronteras y perder soberanía energética. Puede tener petróleo y no controlar la tecnología para extraerlo. Puede producir alimentos y depender de estructuras externas para comercializarlos. Puede poseer minerales estratégicos y exportarlos sin participar de las cadenas industriales que los transforman. Puede tener ciudadanos, instituciones y leyes propias y, sin embargo, depender de tecnologías, plataformas, sistemas financieros y redes de información que se encuentran fuera de su capacidad de decisión.

La soberanía contemporánea es, por lo tanto, multidimensional.

Es territorial, pero también económica.

Es energética, pero también tecnológica.

Es militar, pero también científica.

Es financiera, pero también informacional.

Es cultural, pero también logística.

Una nación que no controla sus nodos estratégicos puede conservar independencia jurídica y perder autonomía real.

Ese es uno de los grandes dilemas del siglo XXI.

Malvinas como punto de partida

Desde esta perspectiva, Malvinas deja de ser una cuestión aislada y se transforma en un punto de entrada para comprender el poder en el Atlántico Sur.

Las islas forman parte de un sistema geográfico mucho mayor: la Patagonia, Tierra del Fuego, el Estrecho de Magallanes, el Pasaje de Drake, las rutas marítimas australes y la Antártida.

La geografía no desapareció con la globalización.

Por el contrario, volvió a adquirir una importancia decisiva.

Los recursos necesitan territorio.

Las rutas necesitan puertos.

La energía necesita infraestructura.

La información necesita cables, satélites y centros tecnológicos.

La proyección antártica necesita logística.

La defensa necesita profundidad estratégica.

Y las potencias necesitan posiciones desde las cuales proyectar poder.

Por eso el Atlántico Sur no puede ser considerado una periferia del sistema internacional.

Es una frontera estratégica.

Y allí donde existe una frontera estratégica aparecen intereses estratégicos.

La soberanía necesita una base material

La historia argentina dejó una enseñanza que continúa vigente: la independencia política no puede sostenerse indefinidamente sobre la dependencia económica.

Una nación que no produce no decide plenamente.

Una nación que no domina tecnologías críticas depende.

Una nación que no protege sus recursos queda expuesta.

Una nación que no posee infraestructura estratégica queda condicionada.

Una nación que abandona su industria pierde capacidad de negociación.

Y una nación que descuida su defensa reduce el margen de acción de su propia diplomacia.

Por eso Malvinas no puede separarse de la discusión sobre industria, ciencia, energía, tecnología, defensa, infraestructura y desarrollo.

La reivindicación diplomática es indispensable.

Pero la diplomacia necesita detrás una sociedad con capacidad económica, científica, industrial y estratégica.

Decir que Malvinas son argentinas expresa una convicción histórica.

Construir las condiciones materiales para sostener esa posición constituye una política de Estado.

La diferencia entre ambas cosas es la diferencia entre reclamar soberanía y construir poder.

El territorio como espacio vivido

Pero reducir la soberanía a una cuestión material sería también insuficiente.

El territorio no es solamente una superficie medida en kilómetros cuadrados.

Un territorio es memoria.

Es cultura.

Es lenguaje.

Es trabajo.

Es comunidad.

Es historia.

Es la relación entre generaciones.

Es la posibilidad de que un pueblo pueda reconocerse en un espacio y proyectar allí su existencia colectiva.

Por eso la cuestión territorial tiene también una dimensión humana.

Una nación no solamente administra territorio: construye una relación con él.

Y cuando esa relación se rompe, no se pierde únicamente una superficie geográfica. Se debilita también la continuidad histórica de una comunidad política.

De allí que Malvinas no pueda comprenderse solamente desde la cartografía.

También debe comprenderse desde la identidad, la memoria y la existencia nacional.

Del imperio territorial al poder en red

Los imperios clásicos necesitaban ocupar territorios, instalar ejércitos, controlar puertos y administrar poblaciones.

El poder contemporáneo puede actuar de otra manera.

Puede operar mediante empresas transnacionales, sistemas financieros, contratos, deuda, tecnologías, plataformas digitales, cadenas logísticas, inteligencia, información y dependencia económica.

El poder ya no necesita siempre ocupar físicamente un territorio para condicionarlo.

Puede controlar los nodos que hacen posible su funcionamiento.

Por eso el enemigo contemporáneo no necesariamente porta uniforme.

Puede ser una dependencia tecnológica.

Puede ser una estructura financiera.

Puede ser una cadena de suministro.

Puede ser una concentración corporativa.

Puede ser una plataforma que controla datos.

Puede ser una red criminal transnacional.

Puede ser una arquitectura de información capaz de influir sobre sociedades enteras.

No se trata de construir teorías conspirativas.

Se trata de comprender las nuevas formas del poder.

La soberanía del siglo XXI consiste también en impedir que actores externos adquieran capacidad suficiente para decidir cuestiones fundamentales de nuestra vida colectiva.

Recursos: del subsuelo al poder

El petróleo y el gas son solamente una parte de esta discusión.

El siglo XXI está convirtiendo determinados recursos en activos estratégicos: minerales críticos, tierras raras, litio, cobre, agua, alimentos, energía, biodiversidad y conocimiento.

La disputa ya no se produce únicamente por poseer recursos.

Se produce por controlar las cadenas de valor.

Un país puede tener litio y no fabricar baterías.

Puede tener petróleo y no dominar tecnologías de explotación.

Puede tener cobre y exportarlo sin desarrollar industrias derivadas.

Puede producir alimentos y no controlar los mecanismos de comercialización.

Puede poseer enormes recursos naturales y continuar siendo dependiente.

La pregunta estratégica, entonces, no es solamente qué tenemos.

Es qué hacemos con aquello que tenemos.

Y, sobre todo, quién decide.

1982: Memoria y lección estratégica

La guerra de 1982 debe formar parte de la memoria argentina, pero también del pensamiento estratégico argentino.

No alcanza con recordarla.

Hay que estudiarla.

La experiencia demostró que en un conflicto internacional no solamente importan las armas. Importan la inteligencia, la logística, las comunicaciones, la diplomacia, la industria, las alianzas, la capacidad económica y la posición internacional.

También dejó una enseñanza sobre la importancia de comprender las dinámicas regionales.

La posición de los distintos países sudamericanos durante aquella crisis pertenece a nuestra memoria estratégica.

Pero memoria no significa convertir a los pueblos vecinos en enemigos permanentes.

Chile de 1982 no es el Chile de hoy.

Brasil de la Guerra Fría no es el Brasil contemporáneo.

Uruguay tampoco puede ser reducido a una fotografía histórica.

Los gobiernos cambian.

Los regímenes cambian.

Las alianzas cambian.

Los intereses geopolíticos se transforman.

Por eso una política exterior inteligente no necesita enemigos eternos.

Necesita intereses permanentes.

Sudamérica y la profundidad estratégica

Aquí aparece una de las grandes cuestiones que Argentina todavía no ha resuelto.

¿Puede nuestro país defender eficazmente sus intereses estratégicos actuando como una unidad aislada?

La respuesta parece evidente.

Argentina tiene mayor capacidad de negociación cuando actúa integrada con su región.

Brasil es fundamental.

Chile es fundamental.

Uruguay es fundamental.

Paraguay y Bolivia también forman parte de una arquitectura continental que condiciona nuestra capacidad de proyectarnos.

La integración sudamericana no debe ser entendida únicamente como un proyecto comercial.

También es una cuestión geopolítica.

Un continente fragmentado negocia desde posiciones individuales.

Un continente articulado puede construir una posición propia.

La unidad regional permitiría desarrollar infraestructura, energía, corredores bioceánicos, ciencia, defensa, industria, logística, telecomunicaciones y políticas comunes sobre recursos estratégicos.

El futuro del Atlántico Sur no puede ser pensado solamente desde Buenos Aires.

Debe ser pensado desde Sudamérica.

Las grandes potencias y el nuevo tablero

El sistema internacional atraviesa una transformación profunda.

Estados Unidos conserva una enorme capacidad económica, financiera, militar y tecnológica.

China incrementa su peso industrial, comercial, tecnológico y geopolítico.

Rusia mantiene capacidades militares, energéticas, científicas y estratégicas de enorme relevancia.

India aumenta progresivamente su peso internacional.

Europa busca preservar márgenes de autonomía.

Los BRICS amplían su influencia.

El mundo que emerge ya no puede ser explicado con las categorías simples del orden posterior a 1945.

Tampoco puede comprenderse solamente con la lógica de la Guerra Fría.

Estamos frente a una transición.

Y toda transición internacional genera oportunidades y riesgos.

Para Argentina, la pregunta no debería ser a qué potencia pertenecer.

La pregunta debería ser cómo aprovechar el nuevo escenario para construir autonomía.

La cuarta posición argentina

Aquí es donde una nueva concepción de política exterior puede adquirir sentido.

Argentina no necesita elegir entre convertirse en satélite de Washington o satélite de Beijing.

Tampoco necesita reemplazar una dependencia por otra.

Ni necesita aislarse del mundo.

Necesita construir una posición propia.

Una Cuarta Posición para el siglo XXI no debería significar un cuarto bloque.

Debería significar autonomía estratégica.

Relacionarnos con todos.

Comerciar con todos.

Cooperar con todos.

Aprender de todos.

Pero subordinarnos a ninguno.

Argentina puede comerciar con China, dialogar con Estados Unidos, profundizar sus vínculos con Europa, relacionarse con Rusia, fortalecer Brasil y Sudamérica, participar de los BRICS y ampliar sus relaciones con India, África y Asia.

La cuestión no es elegir un amo.

La cuestión es dejar de necesitarlo.

Esa es la diferencia entre alineamiento y autonomía.

Antártida: el horizonte de 2048

Y en este punto aparece una cuestión que debería ocupar un lugar central en cualquier estrategia nacional de largo plazo: la Antártida.

No porque el sistema antártico vaya a desaparecer automáticamente en 2048. No es así.

Pero 2048 constituye un horizonte estratégico porque, bajo determinadas condiciones previstas por el propio sistema antártico, puede plantearse una conferencia de revisión del Protocolo de Madrid.

La pregunta verdaderamente importante, entonces, no es qué ocurrirá en 2048.

La pregunta es qué Argentina llegará a 2048.

¿Qué capacidad científica tendrá?

¿Qué infraestructura?

¿Qué logística?

¿Qué satélites?

¿Qué tecnología?

¿Qué capacidad marítima?

¿Qué industria?

¿Qué presencia diplomática?

¿Qué capacidad de defensa?

¿Qué relación tendrá con Chile y Brasil?

¿Qué posición ocupará Sudamérica?

Porque los derechos históricos son fundamentales, pero en el sistema internacional también existe una regla mucho más dura:

la capacidad importa.

No podemos esperar a 2048.

Tenemos que construir desde ahora la Argentina que queremos que exista entonces.

Malvinas y Antártida: un mismo espacio estratégico

Malvinas y Antártida no pueden ser analizadas como dos cuestiones completamente separadas.

Entre ellas existe un espacio marítimo estratégico.

Tierra del Fuego constituye una plataforma geográfica fundamental.

El Atlántico Sur conecta rutas, recursos y espacios de proyección.

La logística antártica depende de capacidades marítimas, aéreas, científicas y tecnológicas.

Las comunicaciones dependen de infraestructura.

La defensa depende de presencia.

La investigación científica depende de inversión.

La soberanía depende de todo ello.

Por eso quien piense Malvinas sin pensar Antártida está observando solamente una parte del tablero.

Y quien piense Antártida sin pensar Atlántico Sur también.

La cuestión austral argentina debe ser pensada como un sistema.

El crimen transnacional también es geopolítica

El narcotráfico, el lavado de dinero, las economías ilegales, la corrupción, las redes financieras opacas y la captura institucional también forman parte de la discusión sobre soberanía.

No porque exista una explicación única basada en la idea de un supuesto “narcoestado global”.

Sino porque existen redes criminales capaces de atravesar fronteras, mover capitales, utilizar infraestructuras logísticas y penetrar instituciones.

Cuando esas redes alcanzan puertos, fronteras, sistemas financieros, empresas o estructuras estatales, dejan de ser solamente un problema policial.

Se convierten en un problema estratégico.

Un Estado que no puede controlar sus fronteras, sus puertos, sus finanzas o sus sistemas de información pierde capacidad de decisión.

Y sin capacidad de decisión no existe soberanía efectiva.

Construir poder nacional

Argentina posee recursos extraordinarios.

Agua.

Alimentos.

Energía.

Minerales.

Pesca.

Territorio.

Conocimiento.

Universidades.

Ciencia.

Industria.

Una posición geográfica privilegiada.

Una extensa plataforma marítima.

Una presencia histórica en la Antártida.

Pero los recursos no son poder automáticamente.

El poder aparece cuando una sociedad tiene capacidad para transformar sus recursos en desarrollo, tecnología, infraestructura, empleo, conocimiento, industria y autonomía.

Por eso la soberanía comienza mucho antes de una disputa diplomática.

Comienza en una fábrica.

En un laboratorio.

En una universidad.

En un astillero.

En un puerto.

En una escuela.

En una empresa tecnológica.

En un satélite.

En una política energética.

En una red de comunicaciones.

En una industria nacional.

En una política científica.

La defensa nacional no comienza solamente en las Fuerzas Armadas.

Comienza construyendo una sociedad capaz de sostenerlas.

Una política de estado para el sur

Argentina necesita pensar el largo plazo.

No puede discutir Malvinas solamente cada 2 de abril.

No puede discutir Antártida solamente cuando aparece una crisis internacional.

No puede discutir defensa solamente cuando aumenta una amenaza.

No puede discutir ciencia solamente cuando necesita una tecnología.

No puede discutir industria solamente cuando faltan productos importados.

Las naciones estratégicas planifican antes de que aparezca la emergencia.

Por eso el Atlántico Sur, Malvinas, Tierra del Fuego y Antártida deberían formar parte de una política de Estado que atraviese gobiernos y generaciones.

Una política que combine diplomacia, ciencia, industria, defensa, infraestructura, energía, tecnología e integración regional.

La Argentina que puede venir

La Argentina del futuro no será soberana porque tenga un discurso más fuerte.

Será soberana si tiene mayor capacidad para decidir.

Decidir qué producir.

Decidir qué exportar.

Decidir qué tecnología desarrollar.

Decidir qué recursos explotar.

Decidir cómo protegerlos.

Decidir qué alianzas establecer.

Decidir qué información proteger.

Decidir qué conocimiento generar.

Decidir qué modelo de desarrollo construir.

Ese es el verdadero sentido de una política exterior independiente.

No se trata de gritarle al mundo que Argentina existe.

Se trata de construir un país cuya existencia sea imposible de ignorar.

Malvinas como proyecto de futuro

Tal vez durante demasiado tiempo hayamos pensado Malvinas como una causa del pasado.

Necesitamos convertirla también en una causa de futuro.

Una causa para reconstruir nuestra capacidad industrial.

Una causa para fortalecer nuestra ciencia.

Una causa para desarrollar tecnología.

Una causa para recuperar capacidades marítimas.

Una causa para fortalecer Tierra del Fuego.

Una causa para proyectarnos sobre la Antártida.

Una causa para profundizar la integración sudamericana.

Una causa para construir una política exterior autónoma.

Una causa para recuperar la idea de que los recursos naturales deben estar al servicio del desarrollo nacional.

Una causa para volver a pensar estratégicamente.

Porque recuperar soberanía no significa solamente recuperar un territorio.

Significa recuperar la capacidad de decidir.

La cuarta posición como proyecto nacional

La Cuarta Posición no debería ser una consigna diplomática.

Debería convertirse en un proyecto nacional.

Un proyecto capaz de comprender que el mundo está cambiando y que Argentina no puede permanecer inmóvil mientras otros diseñan las reglas del nuevo orden.

No se trata de elegir entre potencias.

Se trata de construir poder suficiente para relacionarse con todas.

No se trata de rechazar inversiones.

Se trata de decidir dónde, cómo y bajo qué condiciones son estratégicas para el desarrollo nacional.

No se trata de cerrar la economía.

Se trata de evitar que la apertura destruya las capacidades necesarias para producir.

No se trata de aislarse.

Se trata de ingresar al mundo desde una posición propia.

No se trata de negar la globalización.

Se trata de evitar que la globalización se transforme en dependencia.

La fórmula podría ser sencilla:

Relacionarnos con todos.

Cooperar con todos.

Comerciar con todos.

Pero subordinarnos a ninguno.

La pregunta que queda

Malvinas nos obliga a mirar mucho más lejos que las islas.

Nos obliga a mirar el Atlántico Sur.

Nos obliga a mirar la Patagonia.

Nos obliga a mirar Tierra del Fuego.

Nos obliga a mirar la Antártida.

Nos obliga a mirar nuestros recursos.

Nos obliga a mirar nuestra industria.

Nos obliga a mirar nuestra ciencia.

Nos obliga a mirar nuestra tecnología.

Nos obliga a mirar nuestra defensa.

Nos obliga a mirar nuestra integración sudamericana.

Y finalmente nos obliga a mirarnos a nosotros mismos.

Porque la pregunta fundamental no es solamente quién controla Malvinas.

Es quién decide sobre el futuro del Atlántico Sur.

Quién decide sobre nuestros recursos.

Quién decide sobre nuestros mares.

Quién decide sobre nuestra energía.

Quién decide sobre nuestra tecnología.

Quién decide sobre nuestros datos.

Quién decide sobre nuestra Antártida.

Quién decide sobre nuestro desarrollo.

Quién decide sobre nuestro destino.

La respuesta no debería depender de la potencia de turno.

Ni de una corporación.

Ni de una estructura financiera.

Ni de una plataforma tecnológica.

Ni de una red criminal.

Ni de una potencia extranjera.

La respuesta debería ser una construcción colectiva.

Argentina.

Pero una Argentina que no se limite a reivindicar soberanía, sino que tenga la capacidad material, política, cultural, científica, tecnológica y estratégica de ejercerla.

Porque los países no pierden soberanía únicamente cuando alguien les arrebata una bandera.

También la pierden cuando dejan de decidir.

Y la recuperan cuando vuelven a construir la capacidad de hacerlo.

Malvinas no es solamente una causa del pasado.

Es una pregunta sobre el futuro.

Y quizás ese sea el verdadero desafío de nuestra generación: no solamente recuperar aquello que históricamente consideramos propio, sino construir una Argentina con suficiente poder para que nadie más pueda decidir por ella.

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