En una entrevista exclusiva con El Grito del Sur y otros periodistas de la Red de Medios Digitales, Lucrecia Martel (La cienaga, La niña santa, Zama) habla de su primera película de no ficción, «Nuestra tierra», y del racismo estructural que atraviesa la historia argentina.
por Celina De La Rosa para El Grito del Sur
La magia del cine emerge, como pocas veces, desde el corazón del territorio de una comunidad indígena en la ruralidad del norte argentino, con la nueva película de Lucrecia Martel. Después de casi 10 años de espera, su objetivo es que llegue a todos los públicos.
“Nuestra Tierra” es un relato sincero, claro y cercano que nos enfrenta a un espejo incómodo. Nos interpela sobre aquello que creemos saber y sobre la historia que construimos mientras negamos la existencia de raíces ancestrales. Expone uno de los artificios coloniales mejor arraigados: un racismo que, de manera consciente o no, seguimos reproduciendo en las instituciones y en expresiones cotidianas que rara vez nos animamos a cuestionar.
Con ese dolor que pesa en el territorio, en nuestras vidas y en el país que amamos, el nuevo film de Martel vuelve sobre el asesinato del comunero diaguita Javier Chocobar, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en el paraje El Chorro, a 80 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Aquel día, mientras el calendario oficial hablaba de “encuentro de culturas” o “Día de la Raza” —y no de conquista—, Luis Darío Amín avanzó armado junto a dos expolicías contratados por él, Luis Humberto Gómez y Eduardo José Valdivieso, contra un grupo de hombres, mujeres y niños de la Comunidad Indígena de Chuschagasta que defendían el territorio que habitan desde tiempos ancestrales.
Los nueve disparos que hoy retumban en el documental terminaron con la vida de Chocobar e hirieron a otros integrantes de la comunidad. Fueron la culminación de una serie de amenazas, provocaciones y ataques que, lamentablemente, continúan padeciendo los pueblos originarios en todo el país.
“Nuestra Tierra», que se estrena en cines el 5 de marzo, no se limita al registro de un episodio policial ni al relato de un juicio escandaloso que concluyó con la condena firme de los tres responsables materiales, 16 años después. La película interviene con preguntas urgentes sobre el presente y abre interrogantes para pensar el futuro.
La directora de Zama, La niña santa y La ciénaga presentó su primer largometraje de no ficción en una función especial en Tucumán. Allí compartió el resultado de 14 años de investigación y trabajo sostenido junto a la Comunidad Indígena de Chuschagasta, acompañada por parte de un equipo diverso —periodistas, historiadores, productoras y realizadores audiovisuales—, muchos de ellos de la misma provincia.
De pie, sosteniendo su bastón y con sus inconfundibles gafas de ojos de gato, debajo de la gran pantalla, no dejó pasar la oportunidad de insistir en el reclamo de sus protagonistas: “Si alguien conoce o tiene cerca al gobernador Jaldo, que le diga que la investigación está ordenada y organizada, que cuando quiera, si necesita más evidencia para devolver la tierra, está a disposición”.

En una entrevista exclusiva con El Grito del Sur y otros periodistas de la Red de Medios Digitales, Martel no rodea el conflicto ni suaviza sus palabras. Vuelve sobre ese racismo estructural que atraviesa la historia argentina y que, insiste, seguimos sin desarmar.
“Fue una experiencia aleccionadora”
Martel cuenta el fuerte impacto que sintió cuando vio con atención el video que registró el ataque: una toma de tres minutos —incluida en la película y utilizada como prueba fundamental en el juicio— filmada por el propio Amín, uno de los tres condenados por el asesinato de Javier Chocobar.
“Seis meses después del crimen lo vi. Me impresionó mucho todo lo que mostraba: este hombre armado con una cámara filmando. Todas las palabras que se dicen en esos tres minutos son increíbles, significativas para la historia del país”.
Recuerda que entonces se comunicó con Santiago Camuña, de la revista Contrapunto, uno de los pocos medios que cubría el caso. “Él me ayudó a contactar a la comunidad. Fuimos juntos, empezamos a conversar. La primera vez ya filmé algunas cosas. Cuando Andrés Mamaní está hablando muestra su herida”, relata sobre ese primer encuentro con uno de los sobrevivientes.
Lo que siguió fue un proceso de 14 años de investigación junto a la comunidad, colaboradores de distintas disciplinas y su coguionista María Alché. “La investigación policial estaba ahí. Lo difícil era responder por qué fue posible ese crimen”, explica. Cada documento llevaba a otro; cada expediente retrocedía más en el tiempo. “Cada vez que investigábamos un poco más, se iba más atrás, y ya eran como 300 años de papeles”.
Para la directora, el aprendizaje fue también humano. “Fue la primera vez que me acerqué al lugar donde está ese dolor de la familia que le llevaron con tanta prepotencia a su padre, esposo, hermano y ese miedo en toda la comunidad, fue muy fuerte. Y, en ese contexto, la fortaleza de cada uno para explicar lo que pasó, sin saber qué iba a hacer yo con eso, fue increíble”.
“En este país, el que más junta papeles es el que tiene razón”
La película no se limita al crimen de 2009. Con imágenes de extrema belleza —que van desde el monumental despliegue de la naturaleza hasta la intimidad más entrañable de los vínculos comunales—, construye una experiencia sensorial tan impactante como emocional. El sonido, como en otras piezas de su filmografía, refuerza la tensión entre la brutalidad de quienes se imponen con burocracias inventadas, una moral impostada y desprecio, y las voces bajas y sonidos cotidianos que sostienen una memoria de la comunidad que se niega a ser enterrada.
A través de filmaciones del juicio, material de archivo, entrevistas y fotografías, la película desarma el entramado de poder que hizo posible la avanzada sobre el territorio. “Hay una estructura que se repite desde la colonia hasta hoy. Se acumulan papeles para afirmar cualquier cosa”, sostiene Martel. “Si yo digo ‘soy dueño de la tierra’ y junto una cantidad infernal de documentos, para la burocracia eso se vuelve verdad”. Martel recuerda cómo los condenados, los testigos de la defensa eran funcionarios del Estado.

Esa maquinaria no es neutral. “Si pertenecés a un grupo que no tuvo acceso a jueces, fiscales o amigos en el cabildo o en el Estado, estás desamparado”, resume con crudeza.
En “Nuestra Tierra”, la montaña no es decorado: es vida organizada. Huertas, ganado, casas hechas a mano, caminos trazados paso a paso. “Yo pensé: tenemos que ver dónde viven, la belleza que es eso y lo organizado que está ese paisaje por esa gente”. Mostrar ese entramado era fundamental para comprender el conflicto. “Si no, todo se vuelve abstracto”.
La confianza también fue un proceso. “Hubo fotos que aparecieron diez años después de conocer a la comunidad. La confianza no se exige: se construye”. Cada documento escaneado fue devuelto y ordenado para que la comunidad tuviera su propio archivo. “Es muy importante que ese material quede para ellos. Este es un país que no tiene archivo”, señala. Martel anuncia que en mayo liberará la película para que circule por escuelas, comedores, organizaciones y comunidades.
Una cultura que avergüenza
El juicio oral y público ocupa un lugar central en el documental. Allí se evidencian los gestos mínimos del racismo estructural.
“Las formas en que se le habla a la gente del campo son demenciales”, afirma. Recuerda un episodio que no incluyó en el montaje final: uno de los comuneros fue retado “como un niño” por masticar chicle al declarar, mientras Valdivieso mascaba y hacía comentarios groseros en medio de un careo sin recibir reproche. “No puede haber esa diferencia en el trato. No se puede tratar a las personas así”.

La incomodidad atraviesa su propia posición. “Si me tengo que identificar fenotípicamente con alguien, me identifico con las abogadas de la defensa, con historiadores como Páez de la Torre o Perilli. Y me da vergüenza pertenecer a esa cultura”.
Para Martel, el racismo es, ante todo, ignorancia. “No podemos seguir con el país así ni sostener la idea de que la Argentina es un gran invento si no resolvemos este problema. El racismo —que atraviesa todas mis películas— es un invento burdo y colonial, una forma de justificar el despojo. Es vergonzoso no reconocer que ser racista es una marca de ignorancia. Cuando se vuelve crónico, se mete en el lenguaje, en los prejuicios cotidianos, y además se niega”.
“El problema no es el pasado, es el futuro”
La directora insiste en que la cuestión indígena no es una reliquia histórica. “El problema de la comunidad indígena es el futuro y el presente, no el pasado”. La Corte Suprema dejó firme la condena en octubre de 2025. Amín murió de Covid en 2021, en libertad, y sus dos cómplices —hoy presos— buscan beneficios judiciales. Mientras tanto, la comunidad aún espera el reconocimiento pleno de sus tierras.
Martel interpela a periodistas, historiadores y jueces: “No se puede citar mal. No se puede decir que hay dos bandas cuando de un lado hay niños y mujeres y del otro delincuentes. No se puede afirmar que un pueblo dejó de existir sin investigar. Si cada uno hiciera un poco mejor su trabajo, el país sería infinitamente mejor”.
“No podemos vivir esperando un gobierno favorable”
La conversación deriva hacia el cine y el contexto actual. Martel defiende la necesidad de políticas públicas, pero advierte: “Ningún joven puede dejar su vida en standby esperando que llegue el gobierno favorable”.
Para la directora, el cine no es entretenimiento inocuo. “No hay ninguna película que no tenga una posición política sobre el mundo”. Y subraya la responsabilidad del sector: “Si no estamos intentando conectar con el público argentino, también nos merecemos un cachetazo”.
“Nuestra Tierra” no busca clausurar el debate. Todo lo contrario: su intención es abrirlo. “Espero que las reacciones no sean negar lo que pasa en la película, sino sentarse a pensar qué hay que corregir”. Martel concluye así: “Son demasiados siglos. Llevamos más de 200 años de nación argentina y seguimos arrastrando el mismo problema. Es una vergüenza. Y no podemos tolerarlo más en ninguna instancia de nuestras vidas”.
Esta semana, en las salas de los cines argentinos la pregunta es tan incómoda como urgente: ¿qué hacemos hoy con esa herencia?