Entre el deseo de progreso y la necesidad de escapar de un presente incierto; entre la esperanza y la incertidumbre, una exploración sobre lo que representa migrar y ese impulso persistente que empuja siempre un poco más allá.
Por Javier Gauna
Migrar no es una condición exclusivamente humana, previo a nuestra existencia los animales que nos precedieron ya tenían ese instinto de moverse, de cambiar de hábitat en busca de recursos o mejores condiciones de vida. Podría decirse que hemos heredado esa necesidad, lo llevamos en nuestros genes. Como seres sociales nuestros motivos para migrar suelen poseer diversas razones, desde la búsqueda de nuevos horizontes por cuestiones económicas, laborales, o simplemente por placer o descubrimiento. La aventura es siempre bienvenida.
Cualquiera sea el motivo, dejar nuestro lugar de arraigo conlleva sacrificios, dolores y ansias generados por el mismo proceso. Mudarse acarrea trámites, papeles, horas de organización y miles de cabos por atar. Incluso cuando uno migra por placer estos procedimientos suelen ser engorrosos, pero el premio lo vale. Ahora cuando lo hacemos por necesidad ese camino se vuelve más difícil. Es en medio de la transición cuando uno comienza a preguntarse si algún día esa pena dará frutos. El desarraigo, la adaptación a una vida nueva, el trabajo de entender otra cultura, otro idioma, otro mundo.
Mi experiencia no se resume en una sola salida, tanto dentro como fuera del país he sabido cosechar aciertos y errores en múltiples ocasiones donde me animé a jugarme la vida por un sueño. Perdí más veces de las que gané. Pero me gusta pensar que en el fondo es la experiencia y el aprendizaje lo que vale. Durante mi tiempo en Brasil me encontré con un idioma real que era muy distinto a lo que uno aprende en la academia o con un curso acelerado. La diversidad de matices y colores en las palabras es verdaderamente enriquecedora y a la vez le dan a uno un baño de humildad cuando se queda pensando en cómo decir la frase correcta para pedir una escoba. O como en otra ocasión tratando de comunicar mi deseo de comprar queso cremoso en Uruguay porque lo llaman de otra manera. La clave es nunca dejar de aprender.

Pienso que en varias ocasiones el migrante es traicionado por sus propias expectativas. Es que migrar es un ejercicio de optimismo, sobre todo cuando se busca mejores horizontes. La única verdad que supe encontrar es que por más lejos que vayas, jamás vas a escaparte de vos mismo. Esa lección me permitió salir una vez más, con mi mochila llena de esperanzas.
Argentina es un país edificado por inmigrantes que en su mayoría no sólo trajeron las ganas de triunfar, sino que nos dejaron impresa la habilidad de volar en nuestro ADN. Somos sangre inmigrante mezclada con indio bravo y sufrido esclavo. A esta altura no es novedad que en un país destrozado, con un presente horrible y un futuro demasiado pesimista, haya gente que invoque a sus ancestros, aquellos que huyeron con la Dictadura, el 2001 o el Macrismo, y arme las maletas escapando de un barco que indefectiblemente se hunde. Como buen migrante celebro y respeto a los corajudos que se quedan a pelearla, porque el enemigo que enfrentan es demasiado fuerte.
Indagando para escribir estas palabras me encontré con algo particular: muchos trotamundos que conozco pudieron adaptarse, han superado los interrogantes más básicos como saber si uno hace este sacrificio por uno mismo o si es por alguien más. Y sin embargo incluso años después de haberse establecido en un lugar, ese bichito que corre en la sangre nos empieza a picar de nuevo, porque tenemos alas y nunca damos por descartado que tal vez, un poquito más allá del horizonte, puede haber una nueva oportunidad. Será aquel deseo primitivo, millones de años de evolución que nos pusieron en este punto de la historia, que sigue quemando como una llama eterna que nos conecta con lo más ancestral. Porque somos migrantes y hacemos camino al migrar.
∆ {Curaduría por Equipo Circular}