Escondido en la memoria Circular 17 abril, 2026

Escondido en la memoria

Navegando por géneros como el espionaje, drama, el noir político y la sátira social, el brasileño Kleber Mendonça Filho estrenó la multipremiada El agente secreto, protagonizada por Wagner Moura. Una película que representa un poderoso cine latinoamericano que todavía se propone reparar las heridas del pasado y construir memoria.

Por Clara Chauvín

Durante una charla brindada por Lucrecia Martel en Bogotá en 2025, la cineasta se refirió a cómo el cine –principalmente la industria cinematográfica estadounidense– fue uno de los grandes pilares para construir y expandir la cultura occidental. Es así como el devenir del sentido común está atravesado de forma irremediable por el paradigma hollywoodense convertido en una mirada universal de ver el mundo. En medio de esta enmarañado ¿Dónde quedan las voces y miradas que narran desde Latinoamérica, desde esta región de venas abiertas y territorios despojados? Para Martel, en el hecho de trabajar con imágenes y sonidos radica un gran poder de posibilidad de alterar la percepción: “¿Y para qué alterar la percepción? ¿Para que el público quede como drogado? No. Alterar la percepción porque es lo que hemos educado con todos estos valores de cultura con los que llegamos hasta acá. Si no alteramos la percepción de nosotros mismos, es muy difícil que veamos otra cosa”.

En este presente donde abunda odio y crueldad que tanto recuerda a tiempos de oscuridad, el cine puede ser poderoso en múltiples sentidos, sobre todo para recrear en imágenes aquel pasado que todavía sigue sangrando pero necesita recuperarse. Y hacia ese pasado viajó el director brasileño Kleber Mendonça Filho con su última y premiada película El agente secreto (O agente secreto, 2025), con una historia que se va construyendo lentamente, mientras navega entre el espionaje, el drama, el noir político y hasta la sátira social.

Es el año 1977, en plena dictadura brasileña, y Marcelo (interpretado por Wagner Moura que realiza una actuación magistral) regresa desde San Pablo a su Recife natal a bordo de un volkswagen amarillo durante los días en que se celebra el carnaval. En una escena que parece salida de un sueño, se detiene en una estación de servicio al costado de una ruta donde se encuentra tirado un cadáver en descomposición apenas cubierto por unos cartones. El protagonista observa impactado cómo nadie parece inmutarse, ni el encargado de la estación como tampoco un par de policías que detuvieron su patrullero para interrogarlo. La violencia forma parte de la cotidianeidad: muertos anónimos que yacen en cualquier parte; los vivos que guardan luto y lloran en silencio.
Al primer lugar que se dirige Marcelo es hacia una especie de residencia a cargo de la carismática Dona Sebastian, una anciana matriarca que acoge y construye comunidad para un grupo de personas que deben asumir una nueva identidad. Marcelo es viudo y está huyendo de algo que aún desconocemos y necesita un pasaporte para salir del país junto a su hijo de 9 años quien vive bajo el cuidado de sus abuelos maternos.

Pero Marcelo es en realidad un alias donde se esconde el verdadero Armando: un académico que años atrás dirigía un laboratorio científico en su universidad y cuyo trabajo defendió ante el intento de expropiación de parte de un magnate millonario aliado del régimen dictatorial, quien ahora contrató a dos sicarios para que lo encuentren y asesinen. Una representación del “imperialismo nuevo signo” –en palabras de Eduardo Galeano– compuesto por políticos y tecnócratas que se adjudican “una acción en verdad civilizadora, una bendición para los países dominados”.

Marcelo/Armando circula por Recife mirando sus espaldas, abordado por el miedo y la melancolía para quien el peligro es inminente; de forma paralela, el baile, la alegría y los excesos de la temporada de carnaval siguen su curso. Incluso él mismo no puede contenerse de sumarse por un instante a esa gran celebración popular que parece abrazarlo y contenerlo.

La escena central de la película se desarrolla dentro del cine en el que su suegro trabaja de proyeccionista y será donde la historia de Armando comienza a tomar forma y sustancia: el relato es el de un hombre cargado de ira tras haberle caído encima las injusticias de un sistema opresor. En ese momento también la escena es interrumpida por un flashforward que nos trae al presente y a una fría oficina donde dos jóvenes escuchan el mismo testimonio grabado en una cinta, armando las piezas del rompecabezas de lo que fue (o pudo haber sido) el destino de Armando.

Referencias cinematográficas de películas de la época van apareciendo a lo largo del film, en especial el clásico Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg, con la que el pequeño hijo de Armando se obsesiona por verla ante el terror que le generaba esos grandes colmillos del cartel promocional. Al igual que el jefe de policía interpretado por Roy Scheider, nuestro protagonista es acechado por otro tiburón blanco asesino que podría atacar en cualquier momento de forma inesperada. Pero el cine también es representado desde una dimensión que hace posible construir memoria y– en definitiva– también reparar las cicatrices del pasado.

Con El agente secreto, Mendonça Filho –quien es oriundo de Recife– se propone reconstruir una sensación de tiempo y hasta una proyección de sus propios recuerdos de una infancia en tiempos de dictadura. En 1979, el presidente militar João Figueiredo firmó la Ley de Amnistía de Brasil para avanzar hacia una transición a la democracia, eliminando las responsabilidades penales para los agentes estatales responsables de crímenes de lesa humanidad. El cineasta remarcó el cinismo de tal acción: “Promulgaron el relato de todos debemos seguir adelante, reiniciar nuestras vidas, pero eso tuvo un efecto muy traumático y muy grave en la sociedad brasileña, porque podías encontrarte por la calle a un asesino que mató a siete personas y que había salido sin hacer ningún proceso”.

Su última película es una búsqueda por reivindicar todas esas historias de voces silenciadas y vidas acabadas sin ninguna forma de justicia, como también traer al presente un pasado que no tiene fecha de caducidad. Incluso cuando el dolor es inevitable y por ello paraliza –como le sucede al hijo de Armando, ya en su adultez, ante la posibilidad de tener su historia familiar al alcance de la mano–, la memoria escondida empuja con fuerza, pidiendo a gritos ser rescatada de ese agujero negro llamado olvido.

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