El mundo está herido en lo más hondo Circular 16 septiembre, 2026

El mundo está herido en lo más hondo

Entre el ruido de la tecnología y la hiperconexión, el ser humano contemporáneo enfrenta su peor crisis: el vaciamiento de la conciencia y la pérdida definitiva del sentido. Corremos sin rumbo, anestesiamos el vacío con pantallas y medimos el valor en interacciones digitales. El problema no es el futuro que nos espera, sino el vacío con el que habitamos el presente.

Por Neri Leonel Iacopetta

No es la economía lo que nos duele. No son los misiles ni los aranceles ni el último invento que promete salvarnos. El mundo no se desmorona porque los bancos caigan o los mapas se dibujen de nuevo. El mundo se desmorona porque adentro nuestro ya no hay nadie.

Miremos con atención. El hombre de hoy corre. Corre hacia el trabajo, corre hacia el placer, corre hacia la distracción. No puede parar. El silencio le pesa como una condena. Prende la tele, abre la pantalla, mete los auriculares. Todo menos el vacío. Todo menos encontrarse con esa pregunta que lo mira desde el fondo: ¿y esto para qué?

El hombre moderno cree que es libre. Puede elegir zapatillas, canales de streaming, lugares para vacacionar. Puede cambiar de trabajo, de ciudad, de pareja. Pero no puede elegir dejar de elegir. Está condenado a la acumulación. Más datos, más viajes, más contactos, más estímulos. Y sin embargo cada vez está más solo. No la soledad de la montaña o del retiro. Otra. La soledad del mostrador donde se compra pan. La soledad del ascensor. La soledad del domingo a la noche.

El mundo se ha vuelto un gran mercado. Y el hombre se ha vuelto mercancía. Se vende a sí mismo: su imagen, su tiempo, su capacidad de asombro. Publica su vida para que otros la validen. Mide su valor en likes. Ya no pertenece a una tierra ni a una sangre ni a una historia. Ya no es hijo de nadie. Es apenas un perfil.

Las ciudades crecen. Los edificios se elevan. La inteligencia artificial escribe poemas y las máquinas conducen solas. Pero los hombres ya no saben qué hacer con sus manos cuando no hay nada que producir. Ya no saben qué hacer con su mente cuando no hay problema que resolver. Ya no saben qué hacer con su corazón cuando no hay nadie a quien esperar.

El amor se ha vuelto transacción. La amistad se ha vuelto red de contactos. La comunidad se ha vuelto algoritmo. Todo es intercambiable. Todo es desechable. Las ideas pasan como modas. Los principios se doblegan como alambres. Y lo que ayer era sagrado hoy es meme.

El siglo XXI no es el siglo de las guerras. Es el siglo del hastío. No es el siglo del hambre. Es el siglo de la indigestión espiritual. El hombre tiene todo para ser feliz y no sabe cómo. Tiene acceso a toda la sabiduría del mundo y prefiere el video de un gato. Tiene más tiempo libre que nunca y lo llena con ruido.

El problema no es que el mundo esté mal. El problema es que el hombre ya no se pregunta por qué está mal. Se ha acostumbrado. Cree que la ansiedad es normal. Cree que el agotamiento es el precio del éxito. Cree que la tristeza es un desajuste químico que se arregla con una pastilla. Ya no sabe distinguir entre el vacío existencial y la fatiga muscular.

Los grandes relatos han muerto. Dios ha muerto. La patria ha muerto. La familia tradicional ha muerto. Todas esas palabras que antes daban forma a la vida ahora son ruido. El hombre flota en un presente eterno sin pasado que lo sostenga ni futuro que lo convoque. Está aquí. Nada más. Y ese «aquí» no le alcanza.

Por eso se agarra de lo que puede. Se agarra del trabajo como quien se agarra de un clavo ardiente. Se agarra del cuerpo como quien se agarra de un objeto. Se agarra del dinero como quien se agarra de un dios. Pero todo se le escapa. Todo se vuelve ceniza.

La decadencia no es un concepto político. Es un hecho cotidiano. Se ve en los ojos de la gente en el subte. Se ve en el modo de caminar apurado y sin rumbo. Se ve en la incapacidad de mirar al otro sin juzgarlo ni medirlo ni usarlo. Se ve en las conversaciones que nunca alcanzan la profundidad de un pozo. Se ve en el miedo a estar quieto.

El hombre contemporáneo ha ganado el mundo. Ha conquistado la naturaleza, ha descifrado el genoma, ha llegado a la luna. Pero ha perdido su alma. Y esa pérdida no se recupera con un tratado de paz ni con un plan de ajuste. No se recupera con un nuevo teléfono ni con una nueva ideología.

La batalla decisiva no está en los parlamentos. Está en la cama vacía. Está en la mesa donde la familia ya no se sienta. Está en el espejo donde el hombre ya no se reconoce. Está en el silencio de la noche cuando todas las pantallas se apagan y solo queda el latido del corazón preguntando: ¿para qué?

Este es el núcleo de nuestra época. No la crisis económica. No el reordenamiento geopolítico. La crisis de la conciencia. La dificultad de ser. La imposibilidad de habitar el propio cuerpo y el propio tiempo con sentido.

Mientras sigamos mirando hacia afuera, seguiremos extraviados. Mientras sigamos creyendo que el problema es el presidente de turno, el cambio climático o la inteligencia artificial, seguiremos esquivando lo esencial. El problema somos nosotros. No lo que hacemos. Lo que hemos dejado de ser.

La pregunta no es cómo salvar al mundo. La pregunta es cómo volver a habitar el mundo. Cómo volver a pisar la tierra con pies que saben que están pisando tierra. Cómo volver a mirar al otro sin ver un cliente o un competidor. Cómo volver a sentir que la vida vale algo más que el próximo fin de semana.

El hombre debe detenerse. Debe aprender de nuevo el arte perdido de la quietud. Debe escuchar el rumor antiguo que viene de su propia sangre. Debe preguntarse quién es antes de que la respuesta ya no tenga importancia.

Porque el final de una civilización no llega con un cataclismo. Llega cuando los hombres ya no pueden llorar. Llega cuando las palabras se vacían de significado y solo queda el gesto mecánico. Llega cuando el corazón se vuelve un motor que late por inercia.

Todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo corre. Y el hombre sigue corriendo. Hacia ninguna parte. Como un animal herido que no sabe que está herido.

Esa es la verdad del mundo. Esa es la decadencia. No hay otra.

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