En 1974, el director John Cassavetes estrenó Una mujer bajo la influencia, con el inolvidable protagónico de Gena Rowlands en el papel de una ama de casa quebrada mentalmente ante la presión de cumplir con el rol de esposa y madre. Una película que fue adelantada en su retrato de la salud mental y las miserias de vida conyugal.
Por Clara Chauvín
Loca. Uno de los calificativos más usuales para describir a las mujeres desde tiempos lejanos. Salirse de la norma, actuar impulsivamente, expresar a viva voz pensamientos y deseos que no tienen cabida en un mundo donde la normalidad debe cumplir con una serie de reglas preestablecidas. En la Antigua Grecia, Platón ya hablaba de histeria o “útero errante” como una enfermedad que padecían exclusivamente las mujeres y que sólo podía solucionarse con la unión conyugal. La histeria femenina fue, durante siglos, considerada una enfermedad sin demasiada explicación, reducida a una patología de mujeres insatisfechas sexualmente. En la literatura, la locura en las mujeres era representada por brujas demoníacas o mujeres despechadas que desatan caos y destrucción. Muchos siglos debieron pasar hasta que Betty Friedan hizo su aparición para señalar “el malestar que no tiene nombre” que resumía la profunda angustia y vacío que las amas de casa norteamericanas padecían en silencio dentro de los límites del matrimonio heterosexual, en tiempos de posguerra y american way of life.
“Una y otra vez las mujeres oían, a través de la voz de la tradición y de la sofisticación freudiana, que no podían aspirar a un destino más elevado que la gloria de su propia feminidad (…) Todo lo que tenían que hacer era dedicar su vida desde su más tierna adolescencia a encontrar un marido y a traer hijos al mundo”, escribió Friedan en La mística de la feminidad.

El cine estadounidense de la década del ‘70 comenzó a reflejar con crudeza las fisuras de un sueño americano que nunca fue real y el cineasta John Cassavetes irrumpió desde la más feroz independencia para ser uno de los pioneros de esta nueva oleada que se mantenía en los márgenes de la industria de Hollywood. Para el año 1974, el director estrenó Una mujer bajo la influencia (A woman under the influence), con su compañera de vida y socia indispensable Gena Rowlands en la actuación más potente y celebrada de su larga trayectoria, compartiendo protagónico por el inolvidable Peter Falk, amigo y eterno colaborador de Cassavetes.
Rowlands encarna a Mabel Longhetti, una ama de casa de clase trabajadora que se empeña en cumplir su rol de esposa y madre lo mejor posible para su marido Nick, un obrero de la construcción. Mabel demuestra comportamientos cada vez más erráticos e irracionales, en especial delante de otras personas como los compañeros de trabajo de su esposo, los padres de los amigos de sus hijos pequeños y el resto de la familia. Nick se desespera por cuidarla, pero no busca comprenderla; al mismo tiempo, intenta sostener la cotidianeidad como si nada estuviese pasado. “Mabel no está loca, es inusual” le dice a un compañero de trabajo, empecinado en disimular la creciente inestabilidad emocional de su esposa que lo termina desbordando.

“No temas en herir mis sentimientos. Dime cómo quieres que sea” le expresa Mabel totalmente quebrada al haber frustrado su tarea de buen anfitriona para los invitados de Nick. Ella quiere encajar, demostrar su amor y cariño en acciones concretas; su único deseo es responder eficazmente a lo que se espera de ella, pero la presión la aplasta hasta destruir su espíritu. Y cuando la institución del matrimonio y el espacio doméstico del encierro no pueden contener a una mujer, el hospital psiquiátrico oficia de garante en la tarea de controlar para normalizar. Luego de internarla, Nick se encuentra solo al cuidado de sus hijos, mientras transita una gran fragilidad emocional que no puede reconocer, ante la presión de deber cumplir el rol de patriarca con la vida bajo control. Ama a esposa profundamente aunque sus mandatos masculinos del orden y la autoridad –y todas las frustraciones en consecuencia– son mucho más fuertes y por eso controla, grita y humilla. Sin embargo, a diferencia de Mabel, su conducta no es patologizada por el entorno.
A lo largo de su filmografía, Cassavetes ha sabido plasmar en imágenes la desesperación humana con un realismo tan poderoso como melancólico. Entre diálogos caóticos y mucha improvisación de Rowlands y Falk, la cámara se instala en cada una de las reacciones, gestos y movimientos que exponen las miserias de la vida conyugal. A su vez, la película fue adelantada en su retrato sobre la salud mental, sus estigmas y la repercusión en el ámbito doméstico y familiar, en especial cuando se trata de las frustraciones de mujeres que emergen sin censura. La película no ofrece explicaciones ni porqués sino cómo los padecimientos de una mujer inestable –producto del propio contexto social– deja en evidencia las fisuras propias de la institución de la familia, en apariencia intocable. Mabel siente demasiado y necesita expresarlo en cada momento, sin ser del todo consciente que en el intento rompe con demasiadas reglas.

Durante la década del ‘70, la escritora y activista feminista Kate Millet tenía 38 años cuando su familia la obligó a internarse en un hospital psiquiátrico. A partir de esa traumática experiencia –que relató en su libro Viaje al manicomio (The Loony-Bin Trip, 1990)– definió al manicomio como “una insensatez, una anomalía, un cautiverio aterrador, una privación irracional de todas las necesidades humanas”. Es decir, un dispositivo de poder apuntado a anular cualquier transgresión. “Las mujeres hemos sido protagonistas indiscutibles de la pérdida de la razón. Pero la locura ha estado siempre envuelta en la vergüenza”, afirmó.
Pasaron 52 años del estreno de Una mujer bajo la influencia y la película aún mantiene una vigencia que genera incomodidad. En la actualidad, las profundas desigualdades sociales empujan a las mujeres a estar más expuestas a padecer problemas de salud mental como depresión, ansiedad, trastorno por estrés postraumático y hasta trastornos alimenticios. Los factores son variados, desde factores biológicos como cambios hormonales, pubertad, embarazo, posparto y menopausia; factores sociales como la desigualdad económica y la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidado y también estar expuestas a situaciones de violencia de género, en especial en el contexto de una pareja. No se nace mujer loca, se llega a serlo –parafraseando a Simone de Beauvoir– dentro de un sistema opresivo para espíritus que ansían libertad hasta los límites de la cordura.