En 1996, el director Danny Boyle estrenó su segunda película que con el paso de los años se convertiría en un film de culto para generaciones. A 30 años de su estreno, Trainspotting fue un retrato extremo sobre las adicciones y un grito de furia contra las falsas promesas del capitalismo.
Por Clara Chauvín
En la década del ‘80, la entonces Primera Dama de Estados Unidos, Nancy Reagan, lanzó su célebre Just say no (Sólo di que no), una gran campaña publicitaria en contra del consumo de drogas, alertando a la juventud sobre los peligros del consumo de sustancias. Una campaña que aportó a seguir construyendo un imaginario sobre el mundo de las drogas como un gran demonio fantástico que debía ser erradicado, pero sin profundizar en cuestiones vinculadas a la pobreza y desocupación en ascenso, sumado a una gran crisis del sistema de salud público. Durante esa misma década, la temática de los peligros del consumo de drogas empezó a estar cada vez más presente en el cine, con películas de corte conservador centrándose en la lucha contra el narcotráfico y con un gran mensaje moral sobre las consecuencias devastadoras de las adicciones. Para 1989, el director Gus Van Sant cambió ese enfoque con la película Drugstore Cowboy (1989), para mostrar un retrato más humanizado de jóvenes adictos atravesados por fuertes desigualdades sociales. En el film tuvo un pequeño pero recordado papel el escritor William Burroughs, conocido por escribir sin tapujo sobre las adicciones en alguna de sus principales novelas como Yonqui (1953) y El almuerzo desnudo (1959). En una escena donde el escritor interpreta al sacerdote Tom, expresa proféticamente y como síntesis de un clima de época: “Los narcóticos han sido sistemáticamente chivos expiatorios y demonizados. Predigo que en un futuro próximo los derechistas usarán la histeria de las drogas como pretexto para crear un aparato policial internacional”.

Para la década del ‘90, los juicios morales sobre las drogas comenzaron a dejarse de lado para centrarse en historias más auténticas sobre la realidad del consumo y las adicciones, en especial en jóvenes suburbanos con pocas miras de un futuro prometedor en un mundo hostil que los expulsa. Para el año 1993, un escritor de clase obrera escoces llamado Irvine Welsh lanzaba la que sería su primera novela, luego de años de haber vivido el pleno del movimiento punk londinense, la calle y sus excesos, en un Reino Unido destrozado por las políticas neoliberales. Una vez de regreso a Escocia, consiguió trabajo en una inmobiliaria y retomó sus estudios que había abandonado a los 16 años. De forma paralela, se dedicó de lleno en la escritura de ese primer libro de éxito inesperado, titulado Trainspotting.
La novela –que consiste en una serie de relatos interconectados– parecía imposible de ser adaptada, pero el director Danny Boyle se empecinó en transformarla en película junto al guionista John Hodge quien se encargó de darle una estructura para la gran pantalla. Para el papel de Mark Renton, protagonista y narrador de la historia, Boyle quería volver a trabajar con un joven y prometedor actor llamado Ewan McGregor, quien ya venía cosechado sus primeros aplausos en su anterior película Tumbas al ras de la tierra (Shallow grave, 1994). Pero el guionista también se dio una licencia creativa de hacer posible el inolvidable monólogo de “Choose life” (“Elige la vida”) para la escena de apertura que terminó convirtiéndose en la más icónica de la película, con Renton corriendo de unos guardias de seguridad por las calles de Edimburgo y su voz en off disparando: “Elige tu futuro. Elige la vida… ¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

Trainspotting narra el devenir de Mark Renton, mientras pasa sus días esperando una nueva oportunidad para pincharse el brazo con heroína, aunque por momentos también intentará superar esa adicción. En el camino lo acompañan otros amigos adictos como el ingenuo Spud (Ewen Bremner); el narcisista Sick Boy (Johnny Lee Miller); el sano y atlético –aunque luego también adicto– Tommy (Kevin McKidd); y el cruel y psicópata Begbie (Robert Carlyle) quien no consume heroína pero gusta de tomar grandes cantidades de alcohol hasta desatar el caos. Incluso el mismo Irvine Welsh tuvo un pequeño papel interpretando Mikey Forrester, el dealer que le vende a Renton unos supositorios de opio.
A través del humor corrosivo y escenas casi pesadillescas, la película cuenta el devenir de esta banda de outsiders que sólo se interesan por drogas, sexo y futbol, mientras caen en un largo espiral de decadencia. Además, la banda sonora fue otra gema que incluyó el himno Lust for Life de Iggy Pop para la escena inicial, pasando por Lou Reed, Blur, Pulp, Primal Scream y el gran final con la rabia de Born slippy (Nuxx) de Underworld.

La película no estuvo exenta de polémicas por su retrato extremo sobre las adicciones, incluso en Estados Unidos fue estrenada con algunas escenas censuradas. Pero esa década del grunge y el nihilismo necesitó de un nuevo cine independiente que rompiera los moldes y supiera expresar el malestar y la furia que brota desde los márgenes donde el no future dejó de ser un slogan punk para convertirse en una realidad.
Con el paso de los años, la película dio su paso inevitable al status de culto definitivo para varias generaciones: desde quienes pudieron verla en los cines en el momento de su estreno, corrieron a buscarla en video clubes o la descubrieron en canales de cable, Trainspotting era una experiencia obligada. Tres décadas después de su estreno, el film de Danny Boyle mantiene su vigencia como un relato irónico y potente sobre la alienación en un sistema capitalista que demanda “elegir la vida”, con toda una serie de falsas promesas hundidas en un inodoro tapado de mierda.