Agostina en el país de las maravillas Circular 3 junio, 2026

Agostina en el país de las maravillas

¿Qué estaríamos viviendo a los 14 años? Memorias políticas a once años del Ni Una Menos.

Por Andrea Sosa Alfonzo

¿Qué estaba haciendo a mis 14 años? Estaba en una mezcla de niña y adolescente, aprendiendo a convivir con un cuerpo nuevo, voluminoso, que no coincidía con mis sentires, con la ropa que me gustaba o ya no me gustaba. Una vida diferente a lo que otros veían y reprimían, opinaban y violentaban, con gestos y comentarios, todas ellas formas del acoso sin comprender qué las había provocado (desde siempre pensamos que somos las que provocamos).

A los 14 años estás en ese umbral invisible de una certeza absoluta difícil de poner en palabras, que te dobla la garganta en partes iguales para la tristeza, la felicidad, y las carcajadas infinitas: algo terminó y algo está llegando. Y ese duelo enorme no tiene brújula ni libros. En cambio, tiene el presente con redes, amistades, compañía de formas maternas -escasamente paternas-, tiene formas de silencios y soledad. Tiene formas de llorar frente a un espejo para jugar a la actuación, pero también para confirmar qué tan grave es el dolor que sentimos en el cuerpo. Tiene formas de varones encerrándonos en el baño de un colegio. Tiene forma de miedo si lo contamos. Tiene formas de varones adultos de la familia (propia o ajena) haciéndose los graciosos pero nosotras no nos reímos. Tiene forma de madres y esposas de varones adultos que nos acusan de trolitas, turras. 

Tiene forma de abuelas haciéndonos una trenza y contándonos el cuento de Alicia en el país de las maravillas para pensar, si estamos cerca o lejos de Lewis Carroll. A los 14 años, estás en ese umbral maravilloso que sólo se vive una vez. Al que tenemos derecho y deseo. Un umbral para navegar nadando o corriendo. Un umbral de expectativas, sueños, planes, cuadernos escritos como bitácoras, o escritos en envoltorios de chocolate, de amistades para siempre, de amores que saben a dolor de panza. Un umbral de tu cuarto empapelado de afiches, recortes, ropa propia y prestada, restos de comida, canciones, videos, fotos, hermanes, primos, olores rancios y dulces. 

A los 14 años, no sabes casi nada. Es tan fácil que te conquisten, te convenzan, te protejan, te duelan, te rompan, te amen, te acaricien, te destruyan, te maten. Casi todas nosotras, pensamos que: en esa época podría no haber regresado nunca a mi casa. Y si no volvías, la culpa iba a ser de tu cuerpo, de tu gesto, de tu forma de vestir, del largo de tu pelo, de tu boca carnosa de niña joven, de tus ojos brillantes, de tu lucidez al hablar, de tu forma de bailar y de cantar, de ese modo provocador de correr y saltar, de mirar la luna de noche y el mar en la playa, de tu bicicleta que recorre cada cuadra. La culpa iba a ser tuya o de tu mamá que no supo criarte y cuidarte. Mi culpa, nuestra gran culpa. 

A los 14 años, todo es precioso. El mundo es de colores. Es tentador y curioso. Tiene un día infinito y una noche corta. Tiene la vergüenza en los cachetes y las ganas de conocerlo todo. ¿Por qué sería nuestra culpa desear recorrerlo? ¿Por qué sería nuestra culpa sentir la brisa en los dedos? ¿Por qué sería nuestra culpa trepar el árbol más alto? ¿Por qué sería nuestra culpa besarnos hasta quedarnos sin aliento? ¿Por qué sería nuestra culpa confiar?

A los 14 años tu foto no debería estar en un cartel en una marcha del Ni Una Menos, en la boca desesperada de búsqueda de tu madre. A los 14 años, no deberías entrar engañada a un garage, ser acusada de seducir. A los 14 años, no deberías estar desaparecida durante semanas, ser encontrada enterrada en un baldío, quemada en un campo, apaleada en el fondo de una casa, embolsada en un basurero. A los 14 años no deberían nombrarte periodistas sin escrúpulos, ignorantes comentaristas, fiscales corruptos, policías violentos, varones abusadores. A los 14 años, no deberías formar parte de estadísticas de femicidios.

Once años de Ni Una Menos, pero más siglos de vida tenemos para saber desde lo profundo de nuestro pecho, que a los 14 años atravesamos un umbral invisible de puro odio, de cultura arraigada en cada varón que no cuestiona nada, en cada mujer que es cómplice del patriarcado, que nos entrega cuando nos acusa de algo que nunca hicimos, de miedo en una noche oscura o en un día de sol pleno. Un umbral que se teje con la fuerza de una conversación al vacío, con un grito apagado que no encuentra eco más que en nosotras mismas, un umbral de la violencia naturalizada más cruda, de comodidad y privilegios, de lugares comunes, chistes, y techos de cristal. Un umbral lleno de Agostinas. 

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