La incomodidad de pensar: entre puristas, conversos, parmularios y escutarios Circular 11 mayo, 2026

La incomodidad de pensar: entre puristas, conversos, parmularios y escutarios

Marco Aurelio. El texto de «Meditaciones» recoge notas sobre su vida como líder y sus reflexiones sobre la filosofía estoica.

En toda época existe una disputa silenciosa: la que enfrentan quienes buscan la verdad con quienes buscan la tranquilidad de creer que ya la poseen. No es lo mismo. La primera incomoda; la segunda ordena. La primera abre caminos; la segunda los clausura.

En ese terreno se mueven dos figuras conocidas: el purista y el converso.

El purista se asume guardián. Cree haber encontrado una verdad que no debe ser tocada. Su tarea no es pensarla, sino custodiarla. Pero en ese gesto la vacía: lo que no se revisa se endurece; lo que no se discute se vuelve dogma. El purismo, lejos de preservar la verdad, la congela.

El converso, en cambio, no custodia: arde. Llega a una verdad como quien alcanza una salvación. Su adhesión no es lenta ni reflexiva, es urgente. Cree porque necesita creer. Y en esa necesidad hay una trampa: todo aquello que ponga en riesgo su fe reciente será rechazado, exagerado o combatido. El converso no duda, porque no puede permitirse hacerlo.

Ambos comparten, en el fondo, la misma limitación: no habitan la intemperie del pensamiento. Y pensar, si algo exige, es precisamente eso: quedarse sin techo, aunque sea por un momento.

Sin embargo, esta lógica no se agota en las figuras individuales. Se reproduce en los dispositivos de formación, en las culturas políticas, en las pequeñas liturgias cotidianas donde se aprende a pertenecer.

Allí aparecen los parmularios: el primer eslabón. Espacios donde se enseña, antes que nada, a reconocer, a repetir, a integrarse. No hay en esto un problema en sí mismo —toda comunidad necesita códigos compartidos—. El problema surge cuando ese estadio se vuelve permanente, cuando repetir reemplaza a comprender.

Luego emergen los escutarios. Ya no se trata de aprender, sino de defender. Se levanta el escudo —identitario, ideológico, simbólico— y se entra en combate. Pero el escudo, que protege, también limita la visión. Todo se reduce a una lógica binaria: amigos o enemigos, leales o traidores. Lo complejo se simplifica hasta volverse irreconocible.

Entre parmularios que repiten y escutarios que defienden, la duda queda expulsada. Y con ella, la posibilidad misma de pensar.

El resultado no es solo intelectual: es profundamente político. Sin duda no hay crítica; sin crítica no hay corrección; sin corrección no hay proceso histórico capaz de sostenerse en el tiempo. Lo que no se revisa se agota. Lo que no se interroga se desvanece en su propia inercia.

Por eso, lo verdaderamente creador no está ni en la pureza ni en la conversión, ni en la repetición ni en la defensa cerrada. Está en un lugar más incómodo y menos visible: la conciencia crítica. En esa disposición a vivir en tensión con lo propio, a no enamorarse demasiado de las certezas, a entender que toda verdad —si quiere seguir siendo útil— debe permanecer en movimiento.

Pensar no es afirmar.

Pensar es exponerse.

Y en tiempos donde todo empuja a tomar partido rápido, a definirse sin matices, a responder antes de comprender, quizás el gesto más radical sea otro: sostener la duda el tiempo suficiente como para que algo nuevo pueda aparecer.

·x Curaduría por equipo Circular.

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