La disputa por un modelo de ciudad sostenible, que piense el territorio y la gestión pública en clave de justicia ambiental, quema como el fuego. El reciente incendio en el basural a cielo abierto de Colón –intencional– responde a distintas causas que van más allá de la triste y preocupante imagen del humo metido en las casas de las familias que viven al lado de las montañas de basura o sobre las calles de la ciudad, disimulando una neblina invernal que tapa el cielo.
[Basural a cielo abierto, quemas, crisis climática, pobreza estructural, violencia institucional]
•×Ani Alegre
© Fotos: Fidel Pérez Borrero | El Observador Regional – Marcela Ferreirós
Columnas de humo gris y espeso invadieron varios días a Colón. A simple vista como manifiesta la propia teoría, estas emisiones deterioran la calidad del aire de la zona al contener material particulado, monóxido de carbono y compuestos orgánicos volátiles, además de afectar la visibilidad y la calidad de vida.
“En el verano también se desencadenó un incendio, no se podía salir afuera porque el humo se respiraba, incluso dentro de la casa. No sé qué impacto genera en la salud, eso debería decirlo un médico, pero respirar ese humo con olor a plástico quemado, que además viaja llevando partículas, no debe ser muy bueno. En lo que se refiere a lo visual no me importaría demasiado, mi mayor preocupación pasa por la salud. Es horrible mirar a mi hijo y pensar que cerca de donde se cría, hay un basural a cielo abierto, y que encima se prende fuego cada tanto. Tenemos que estar encerrados, no podemos salir al sol a pasar un rato porque la nariz te empieza a arder”.
La textual es de Guillermo, un vecino de la zona del basural. Al menos dos focos de incendio se detectaron el pasado miércoles, algo que también ocurrió en el verano. Los episodios recientes se encuentran en proceso de investigación, pero podrían haber sido ocasionados, según remarcan distintas fuentes, por los propios sectores que trabajan con los residuos en el basural. Se suma además la voz oficial del gobierno que añade un factor determinante que en las últimas semanas “descontroló el tratamiento del basural” y fue recibir kilos y kilos de basura de San José, ciudad que también hace cortos meses vivió un incidente de quemas en su basural a cielo abierto.
Lo narrado abre el porqué, tras más de dos décadas de sancionada la ley de gestión de residuos a nivel nacional, no se ha logrado erradicar los basurales en nuestras comunidades. No estamos hablando de basurales clandestinos generados por particulares –que también existen– sino de aquellos sitios de disposición final de carácter municipal que no cuentan con medidas de seguridad. La ley mencionada preveía incluso la creación de un fondo coparticipable para que los municipios resolvieran esta situación. ¿Por qué no se logró nada en veinte años? ¿Con qué se justifica la narrativa que en tantas gestiones de gobierno ha desplazado el foco de las responsabilidades políticas a las responsabilidades individuales? ¿Cómo se pueden generar mecanismos de participación popular que contribuyan a morigerar el impacto de los incendios?
Es notable. Gran parte de la población en la región no presenta una cultura de interés en el destino de los residuos; la mayor preocupación está en la necesidad de contar con un servicio de recolección y que esté resuelto el problema. Tampoco hay preocupación en reducir los volúmenes de basura que se generan para así lograr una preservación de los recursos naturales, ni tampoco interesan los mecanismos de disposición final.

¿Cómo es vivir cerca de un basural?
Mari es madre de tres. Busca y revuelve entre la basura, algo más va a encontrar; algún material que le sirva para vender y conseguir algo de plata.
«No tenemos trabajo. Lo que logramos vender es para nosotros mismos, para poder sobrevivir, para tener algo que comer. Es la única manera que queda»
Habla entre la indignación y la resignación. Sería necio creer que el problema de la basura es sólo la basura. Una montaña de comida, paquetes, cucarachas, ruedas, ropa, botellas, ratas se despliega ante sus ojos, es lo primero que ve cuando se levanta todos los días. El humo de la quema de esos residuos, por un lado, y la fragancia indescriptible y esotérica del arroyo por el otro, hacen de la zona un lugar que debería estar prohibido a todo eso que se llama humanidad. Sin embargo, es el barrio de muchas y muchos. Familias que respiran aire tóxico, que caminan sobre tierra contaminada y beben agua exquisita en hidrocarburos. El basural es parte del inventario de Colón, no todo Colón, eso está claro. El mapa de los residuos y montículos de basura no deja dudas. ¿En dónde viven los excluidos de este sistema? ¿En dónde están los basurales?
Hay dos zonas identificadas en el basural. La que podría denominarse “residuo urbano” –se separa, recicla y hasta llega a ser transformada en recurso– y la de la basura; ahí no ocurre lo mismo. No se recolecta, separa ni clasifica. Quizás su mejor tratamiento sea venderla en la quema, como relleno de alguna tierra, o acaso como alimento posible para un grupo familiar que accede a comer a merced de lo que otros miles desechan.

Notas sobre un basural a cielo abierto y su impacto
Desde Circular hablamos también con integrantes de la Asamblea Ambiental. Conceptualizan que: los basurales a cielo abierto o sitios de disposición final son espacios que acumulan residuos sólidos urbanos y que no cuentan con ninguna protección o membrana que impida la filtración de los lixiviados, que son líquidos tóxicos producidos por la descomposición de la basura y que se filtran a las napas subterráneas contaminando el agua. Estos lugares generalmente no tienen ningún control de ingreso al lugar y, en muchas ocasiones, hay animales que habitan esos espacios y pueden generar enfermedades zoonóticas.
“Vivir en estas condiciones en las zonas aledañas al basural es una vulnerabilidad extrema y eso se comprueba con visitas hospitalarias o haciendo un registro epidemiológico del lugar donde uno evalúa las condiciones prácticamente de hacinamiento de las familias del vecindario. No sólo de quienes están en lo más cercano, sino que hay una periferia ampliada que también convive con esas condiciones. Muchas veces uno se acostumbra y no le da la dimensión que tiene, pero eso está pasando”.
Confirmemos algo: también son epicentro de problemáticas sociales muy graves, de marginación y empobrecimiento. En nuestras comunidades y mayoritariamente en este contexto de crisis muchas personas viven de lo que pueden recolectar en estos vertederos. En reiteradas ocasiones, queman la basura para poder reducirla y así rescatar algunos metales que tengan valor comercial. Estas prácticas, además de muy peligrosas, están prohibidas. Sumada a la contaminación del aire, la tierra y el agua; la mala gestión de los residuos tiene efectos perjudiciales para la salud pública, por la contaminación ambiental y por la posible transmisión de enfermedades infecciosas vehiculizadas por los roedores que los habitan, y degradación del medio ambiente en general, además de impactos paisajísticos. Esta degradación ambiental conlleva costos sociales y económicos tales como la devaluación de la tierra, pérdida de la calidad ambiental y sus efectos en el turismo.
“Las experiencias que se fueron documentando sobre el funcionamiento de los basurales a cielo abierto en áreas suburbanas en el Departamento tienen que ver con el volumen del tratamiento. Una de las políticas que hace que ese volumen disminuya es que todo aquello que sea reciclable evite que llegue al basural porque ocupa espacio: botellas, plásticos, etc. Y en la medida en que no haya una política de Estado que sea separadora de residuos y con un destino determinado, la problemática crece”.
¿Cómo generar iniciativas que puedan construir otro modelo?
Es común pensar que nuestra responsabilidad para con los residuos que producimos termina en la puerta de casa, en el canasto de la verada. De repente parece que todo culmina ahí. Pasa el camión recolector, se la llevan, no sabemos bien si la entierran o qué. Responsabilidades u obligaciones que ni idea y fin. Pero ninguna problemática social puede ser resuelta desde una acción individual concreta o desde un único recurso de gestión. A la hora de plantear estrategias y soluciones efectivas, la basura es uno de los problemas ambientales que se ubica dentro de la lista de prioritarios y que, a su vez, genera grandes desafíos de toda la comunidad toda para su manejo.
La complejidad implica el compromiso ciudadano en estos procesos, necesariamente no hay otra forma de poder resolver esta cuestión. Van pasando los gobiernos y esto no se resuelve y siempre hay una problemática externa que complica esto y es con resolver la financiación o siempre pasa algo y esto se va dilatando. No hay otra salida que reordenar el Estado desde otro lugar y el rol de la comunidad, y esto no parece estar en agenda política.
Desde la Asamblea destacan que debe haber una atención provincial y que las municipalidades podrían asumir la gestión de sus residuos, con pequeños enterramientos sanitarios controlados, con políticas de educación para reducción y reciclaje de residuos, con políticas legislativas que propendan a responsabilizar, por ejemplo, a los grandes productores de envases que son un factor determinante en la acumulación y circulación de basura. Hay alternativas, afirman.
Las desigualdades sociales y la especulación condicionan la realidad de muchísimas familias y acorralan la salud, el acceso y la posibilidad de una vida digna. El agua contaminada y el desmanejo de residuos son, desde hace décadas, dos problemas que atraviesan la vida de muchas y muchos en barrios de nuestras comunidades en la costa del río Uruguay, atravesadas por la precariedad ambiental y la violencia institucional.
∆ {Curaduría por Equipo Circular}