50 años de la Feria del Libro, una lengua que se inventa todo el tiempo Circular 14 mayo, 2026

50 años de la Feria del Libro, una lengua que se inventa todo el tiempo

Entre lo personal y lo político, lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo, crece esta lengua nuestra. Crece para que el libro no se pierda, para que su energía circule, para que eso que habita en ella y es fácilmente corrompible, no extravíe su música, su nervio o su alma. Allí también se hace sitio hace 50 años, en la Feria del Libro. Se distancia de lo oficial y de lo abstracto, busca de lo sepultado bajo capas de artificios y convenciones; la lengua discute y sopla en la ventolera. Corrompe con el libro mismo esa relación entre las palabras y las cosas. En esta nueva edición una vez más escritores, escritoras, lectoras y lectores construyeron un porqué de disputa que trasciende lo literario, lo general, lo convencional y los condicionamientos.

X· Ani Alegre

La feria del libro históricamente no sólo funciona como un mercado de libros, resulta un espacio de trifulca de la lengua. La lengua en tanto maqueta del país y materia con la que trabajan escritores y escritoras que nombran el pensamiento y los ríos de la cultura, particularmente hoy en un momento de tensión. Ser una hablante argentina no es una cosa más, es ser una usuaria de la lengua desobediente de la demanda de casticidad y allí repara hace 50 años este encuentro que indaga en la uniformidad del lenguaje. 

“Aprendí que la lectura era un derecho en la escuela” dijo la entrerriana Selva Almada en la apertura de la Feria hace 20 días atrás. “El hecho de leer te abre la cabeza, te ayuda a pensar que siempre hay alternativa que se puede construir, que no hay un solo mundo y un solo universo y eso es del orden de lo elemental” agrega Gabriel Cabezón Cámara, escritora y periodista que acompañó esa mesa. “Recuerdo momentos muy fuertes de mi vida en que un libro literalmente salvó la vida” cerró la gran editora y escritora Leila Guerriero, sentada junto a ellas. 

Esta nueva edición ha dejado números notoriamente superiores a lo esperable y también reafirmó que lo que sucede allí se vive en clave de resistencia cultural en un contexto marcado por la crisis editorial y el cuestionamiento al rol del Estado. Memoria, identidad, diversidad lingüística, producción independiente, industria local; hubo lemas que hacen a la riqueza de nuestro idioma y se reunieron voces de naciones originarias de Argentina, Perú, Chile y Brasil para presentar su discurso en primera persona. 

En los pasillos se contabilizaron más de 200 firmas de editoriales independientes que actúan como foco de bibliodiversidad y sostenimiento, en tanto agentes indiscutibles en el circuito de las producciones editoriales, atajando las dificultades que afrontan: la edición, la caída de ventas y los factores que se exponen en la radiografía del sector incluyendo el cambio en las formas de lectura; el abandono del libro, de programas de lectura y de todo tipo de propósito desde el Estado para educar en la lectura de libros de papel; las nuevas tecnologías que disputan cada vez más el tiempo libre y el pluriempleo que le quita tiempo a la gente para tener momentos en los cuales elegir de qué manera pasar ese rato libre. 

1.340.000 personas recorrieron los pabellones de La Rural y aprovecharon el evento para atender a las charlas y comprar libros con descuentos. De esta forma, la feria aumentó un 8% su público con respecto a la edición del año pasado. Acudieron 13.067 visitantes profesionales del libro (editores, libreros, distribuidores, ilustradores, traductores, entre otros), un 20,89% más que el año anterior, provenientes de 19 países. Hubo 380 stands y 480 expositores, locales e internacionales. Participaron 14 países y 19 provincias estuvieron presentes para exhibir a editoriales y autores locales, entre ellas Entre Ríos.

¿Es borde la palabra? ¿O es orilla? ¿O ribera, o margen? 

Cada una tiene sus razones para escribir de uno u otro modo, porque la lengua es mía pero no solamente mía. La feria sensibilizó por eso, por el entramado y el todo, por lo propio, porque como estalaquita penetró más allá del libro y la historia, caló con el lenguaje de las bocas y las manos. 50 años de recuerdos que tomaron vida propia, en la que pudimos razonar y conmovernos, conocer y cuestionarnos, aprender e imaginar, hasta que lo nombrado en el libro –lo dicho– alcanzó la realidad. Porque, como en la parábola que relata Gershom Scholem, aunque no sepamos encender el fuego ni encontrar aquel lugar en el bosque, ni seamos ya capaces de rezar, podemos seguir contándonos unas a otros nuestras historias y la Historia. Por eso la Feria existe, porque perderla sería perdernos en una nueva forma de barbarie.

Casi todo depende del modo en que se articulan las palabras, en el que cada una de nosotras se vincula con el lenguaje como lugar de reunión. Así el libro crece desde el pie y es imparable en el convencimiento de que él es –además de instrumento práctico– vehículo de expresión de la subjetividad de un individuo y de una sociedad. Un tesoro enriquecido por múltiples desvíos e innovaciones, sostenido por generaciones de hablantes y escribientes como motor de creación; un factor de mutación, de transformación, para dar testimonio de lo vivido e imaginado, de la ligazón con lo sagrado, la celebración de lo acontecido y el lamento por lo perdido. 

El libro es para riqueza de hablantes, escribientes y lectoras, y para riqueza de nuestras literaturas, peninsulares, latinoamericanos y ecuatoguineanas. El libro es en la Feria una forma de cuidarnos de no confundir la lengua viva con los cementerios de la lengua. El libre acoge dice también Fernando Vallejo, el idioma de la vida, que es el local hace 50 años. 

∆ {Curaduría por Equipo Circular}

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