El deseo Circular 6 noviembre, 2026

El deseo

Con su última película Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma, le cineasta Jane Schoenbrun firma un manifiesto queer sobre la cinefilia: un viaje de sangre, erotismo y nostalgia que resignifica el subgénero slasher y lo conecta con las pulsiones más íntimas de nuestra humanidad.

Por Clara Chauvín

Etimológicamente, hablar de cinefilia significa “amor por el cine”, pero los autores Jacques Aumont y Michel Marie profundizan esta definición como, en primer lugar, “una muestra de la neurosis del coleccionista y del fetichista”, cuya pasión “es acumulativa, exclusiva y terrorista”. Por otro lado, también entienden la cinefilia como “una cultura fundada en la visión y la comprensión de las obras”, es decir, “una experiencia estética, nacida del amor al arte cinematográfico”. Más allá del canon que establece qué cine es mejor que otro, la experiencia con las películas es tan múltiple y personal como cinéfilos existen en el mundo. 

Frente a cada nuevo film del que somos espectadores, existe una experiencia única donde entran en juego subjetividades, vivencias, proyecciones de nosotres mismes que construyen un sentido que, muchas veces, poco tiene que ver con teorías cinematográficas, críticas especializadas o premiaciones en festivales internacionales. Es la mirada personal entrando en el terreno del arte y apropiándose de esas imágenes en pantalla que poseen un poder que cautiva, ya sea por su belleza o hasta por repulsión (y todo lo que existe en medio).

Las imágenes nos desbordan hasta atravesarnos, una noción que ha formado parte de la todavía breve pero potente filmografía de le cineasta estadounidense Jane Schoenbrun. Primero, con We’re all going to the world’s fair (2022) el mundo digital se funde con el mundo real; luego con I saw the TV glow (2024), una popular serie fantástica de TV de los ‘90 será el disparador de una búsqueda de la identidad en un mundo binario y asfixiante. Este año fue el turno de Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026), un manifiesto cinéfilo y queer que le instala como une de les directores más singulares y novedoses de la actualidad. 

La historia se centra en la joven Kris Williams (Hannah Einbinder), una joven directora por hacer su primer trabajo en Hollywood, encargada de llevar adelante el proyecto de filmar un reboot de la saga slasher Camp Miasma que alguna vez fue éxito durante la década del ‘80 pero luego cayó en el olvido. Como una ferviente fanática, el principal objetivo de Kris para llevar a cabo esta misión será convencer a quien fue la protagonista de la primera película, Billy Presley (la siempre hipnótica Gillian Anderson), que se sume al proyecto. 

Cual Norma Desmond recluida del mundo (alusión a Sunset Boulevard que se hace explícita), la veterana actriz desaparecida de la escena pública sin dar demasiadas explicaciones tras protagonizar aquel film de culto, pasa sus días viviendo sola en el mismo campamento que fuese escenario de la popular saga. Kris arriba al tan ansiado encuentro, quedando fascinada con la misteriosa mujer a quien le cuenta con entusiasmo toda su original visión para revivir la película, despojando los problemáticos elementos sexistas y transfobicos. Todo un proceso intelectual que Billy encuentra poco interesante y simplemente reflexiona: “Somos de generaciones diferentes”. 

Al igual que tantos clásicos del slasher, ese film también cuenta la historia de un asesino enmascarado que masacra a adolescentes cachondos en un campamento de verano. El personaje que interpretó Billy es precisamente la final girl virginal e inocente que debe enfrentarse al horror, al igual que Laurie Strode en Noche de brujas (Halloween, 1978) o Nancy Thompson en Pesadilla en lo profundo de la noche (A Nightmare on Elm Street, 1984). Little Death (Pequeña muerte) es el nombre del asesino serial que lleva como máscara una enorme rejilla de ventilación cuando emerge de lo profundo de un lago para salir de cacería. Además de claras referencias a clásicos del slasher como las recién nombradas, más aún es la remisión a Campamento sangriento (Sleepaway Camp, 1983) donde la identidad disidente del asesino provocó variadas discusiones encontradas sobre qué lado de la corrección política debía ubicarse, mientras que parte de la comunidad LGBTIQ+ la fue resignificando con el paso del tiempo. 

“Fue mi despertar queer” confiesa Kris, casi a contramano de todo lo que había diseccionado desde los estudios de género respecto de la película cuyo nombre del enmascarado es también una forma metafórica o poética de llamar al orgasmo. Lo que inicia como una conversación profesional entre la directora y la actriz, muta hacia un juego de seducción en el que se encontrarán a través de una intensa conexión con Camp Miasma, donde sangre, muerte y erotismo bailan una misma danza. “No se trataba de representaciones culturales de la monstruosidad o de problemas de género ni nada de eso. Se trataba de dos cosas muy simples: carne y fluidos” dispara Billy logrando una síntesis perfecta sobre cómo este tipo de películas –muchas veces consideradas menores por los preceptos cinematográficos– tienen el poder de enlazarse directamente con nuestras pulsiones más primitivas. 

Al igual que en sus dos primeras películas, Schoenbrun nos conduce a un clima de ensoñación que circula entre escenarios salidos de una pintura y bosques oscuros donde la sangre brota salvajemente. Las historia transita un surrealismo claramente influenciado por David Lynch, pero desde una perspectiva marica y millenial que juega otros lenguajes. Un nuevo cine que divide las aguas entre la crítica, pero que, definitivamente, habla de una generación que se anima a correr los riesgos que el séptimo arte necesita para –al igual que cada uno de los villanos del terror que descubrimos en videoclubes y canales de cable– siga reviviendo para una nueva entrega. Así como Billy anuncia: “Hay un agujero en el fondo del lago, de donde provienen las películas. Y él sigue esperando ahí abajo. Y si has visto sus películas, sabes que siempre regresa…”

Con Camp Miasma, le autore nos afirma que la cinefilia también puede ser un acto de deseo incontrolable que permite encontrar en las grietas de películas ninguneadas, la llama que enciende quienes somos en el vaivén de belleza y repulsión. Una fuerza primitiva, visceral y misteriosa que nos atraviesa cuando la pantalla se enciende en la oscuridad. 

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