Pensar el arte como vía de libertad y salvación es el eje principal en Las vidas de Sing Sing, dirigida por Greg Kwedar y Clint Bentley. La película se inspira en la historia real del Programa de Rehabilitación a Través de las Artes (RTA) que funciona dentro del centro penitenciario y que permitió a los internos poder vincularse con diferentes expresiones artísticas, en especial con el teatro.
Por Clara Chauvín
En Poética, uno de los principales conceptos que desarrolla Aristóteles desde sus primeros capítulos es el de mímesis o imitación de la realidad a través del arte. En el primer capítulo de su obra donde se dedica a la determinación de la naturaleza de la poesía y sus especies, el filósofo expresa: “La epopeya, pues, y la poesía trágica, al igual que la comedia, la poesía ditirámbica, y la mayor parte de la aulética y de la citarística, son todas ellas, consideradas genéricamente, imitaciones”. El traductor Eduardo Sinnott remarca que la palabra española que más puede acercarse a los valores del sentido aristotélico de la mímesis es ficción, ya que al hablar de imitación tal como puede conocerse en la actualidad, puede insinuar que el arte se trata sólo de una copia o réplica de la realidad.
Existe un impulso natural del hombre a imitar desde la misma infancia, afirma el filósofo, y es por ello que se genera una sensación de agrado en la acción de contemplar imágenes que recrean, de forma exacta, hechos que serían desagradables presenciar en la vida cotidiana. Es por medio del arte que se hace posible este acercamiento, desde un lugar seguro, con los aspectos más trágicos y oscuros de la realidad para contemplarlos e interpretarlos. “¡Desaventurado de mí! ¿A qué lugar de la tierra voy a ir en mi desgracia? ¿Por dónde se va volando mi voz en el arrebato?” (Sófocles, 2006, 1310, pág. 79), pronunciaba Edipo con sus ojos mutilados tras descubrir la inconcebible verdad de haber asesinado a su padre y luego casado con su madre. La tragedia era, para Aristóteles, la más valiosa de las especies poéticas, la imitación “de una acción elevada y completa” la cual “a través de la conmiseración y el temor, produce la purificación de esos afecto”. El drama, por medio de la imitación de las acciones humanas, genera un efecto catártico ya que permite comprender y reflexionar sobre la realidad que es representada, posibilitando un vínculo emocional con la obra artística.

Pensar el arte como vía de libertad y salvación es el eje principal en la película Las vidas de Sing Sing (Sing Sing, 2023) dirigida por Greg Kwedar y Clint Bentley. La película se inspira en la historia real del Programa de Rehabilitación a Través de las Artes (RTA) que funciona desde el año 1996 en el conocido centro penitenciario de máxima seguridad de Nueva York. El programa permitió a los reclusos poder vincularse con diferentes expresiones artísticas, en especial con el teatro y la puesta en escena de obras de William Shakespeare. El protagonista de la historia es Divine G (personificado por Colman Domingo), un hombre encarcelado injustamente que encuentra en el taller de teatro el refugio que le permita sobrevivir y, por qué no, hallar nuevas esperanzas donde parece imposible: entre los muros de un lugar que resume las tragedias de la condición humana.
Una de las particularidades de Las vidas de Sing Sing está en su reparto. Exceptuando a Domingo y Paul Rici (quien interpreta al coordinador del taller), el resto de los actores son ex internos de la cárcel. Entre ellos se destaca Clarence Maclin, quien cumplió una condena de 15 años en Sing Sing y fue allí donde se inició la actuación a partir del programa RTA. En una actuación poderosa, Maclin interpreta una versión ficticia de sí mismo y su metamorfosis gracias al teatro. El personaje -cuyo sobrenombre es Devine Eye- se suma al taller a partir de una invitación de Divine G. En un principio es reacio a las propuestas del taller ya que las mismas implican tener que romper las corazas que la misma vida impone y la prisión refuerza. Hacer teatro se convierte en un difícil desafío para las dimensiones más extremas de la masculinidad que la vida carcelaria obliga a dejar en la superficie; una performance que necesita derrumbarse para así poder alcanzar la belleza artística. “Estamos acá para convertirnos en humanos otra vez. Para ponernos ropa bonita y bailar y disfrutar de las cosas que no están en nuestra realidad”, le dice uno de sus compañeros a Divine Eye.

Cuando las emociones y vulnerabilidades son permitidas, la actuación sobre las tablas se despliega en su inmensidad. Esa mimesis aristotélica que es la imitación de las acciones humanas -es decir, la existencia- produce la catarsis, una purificación del alma, que libera a este grupo de antihéroes trágicos de la oscuridad, al menos por un instante. En Edipo Rey, la gran tragedia se centra en no poder cambiar el destino que ya estaba predestinado; Edipo huye de Corinto para evitar la profecía anunciada por el Oráculo, pero no logra evitar la fatalidad. En Sing Sing, el teatro (y en una especie de ejercicio de metalenguaje, también la película) se convierte en un dispositivo que permite burlar las maldiciones a las cuales sus protagonistas -en su mayoría pobres, afroamericanos y migrantes- son arrojados por un sistema que no les brindó posibilidades reales.
Sobre el escenario no existe el encierro, la violencia cotidiana, o el pasado que ya no puede modificarse. Refugiarse en el respeto, la confianza y la amorosidad permite imaginar que otro tipo de humanidad es posible.