Tras décadas de idolatría popular, chistes machistas y una narrativa que justificó al cuádruple femicida, la película Barreda de Daniela Goggi llega para hacer justicia poética: devolverles la voz a las víctimas y desmontar el mito del asesino desde una mirada feminista.
Por Clara Chauvin
Era el domingo 15 de noviembre de 1992, en la casa de Calle 48 entre 11 y 12 de la ciudad de La Plata. La familia Barreda se estaba preparando para almorzar cuando Ricardo, el hombre de la casa, cargando una escopeta marca Víctor Sarasqueta, asesinó a sangre fría a su esposa Gladys, a su suegra Elena y a sus dos hijas, Cecilia y Adriana. El crimen fue planificado con antelación de forma milimétrica. Tras perpetrar los asesinatos, el odontólogo recogió los cartuchos y los guardó en el baúl de su Falcon verde y se encargó de desordenar la casa de manera tal que la escena del crimen pudiera pasar como la de un robo. Luego se tomó el día para dar un paseo, que incluyó visitar el zoológico y un encuentro con su amante en un hotel de alojamiento.
Retornó a su casa cerca de la medianoche, tomó el teléfono y llamó a la policía para denunciar que su casa había sido asaltada. “Hay cuatro bultos”, dijo al referirse a los cuerpos de las vidas interrumpidas, de las mujeres que decidió descartar. La coartada duró poco y la policía rápidamente comenzó a sospechar del hombre que jamás se vio abatido ante el crimen que acabó con toda su familia. Tras ser convencido por el mismo comisario de la policía que existía la posibilidad de la inimputabilidad por locura o insanía, Barreda confesó todo y así quedó detenido.

El juicio oral se desarrolló en agosto de 1995 –tiempos donde aún no existía la carátula de femicidio– y fue donde Barreda contó en detalle todo lo cometido aquel domingo. “… Y voy a buscar el casco y encuentro que afuera del bajo escalera, entre una biblioteca y la puerta, estaba la escopeta parada. Los cartuchos estaban al lado, en el suelo, en una caja, y así habían estado desde hacía mucho tiempo. Y ahí, bueno, fue extraño. Sentí como una fuerza que me impulsaba a tomarla. La tomo, voy hasta la cocina, donde estaba Adriana, y ahí disparo”, relató sin mostrar ningún arrepentimiento. Gracias a una táctica de su abogado defensor, y aprovechando el carácter mediático en torno al caso, se construyó una narrativa centrada en que Barreda sufría violencia, humillaciones y maltratos por parte de las mujeres de su familia para así ubicarlo en el lugar de una víctima que reaccionó en legítima defensa.
De forma paralela, al Barreda acusado se le sumó la figura de “San Barreda”, ídolo de los varones que comenzaron a rendirle culto como si fuese una suerte de mesías que se vengó de las mujeres que lo violentaron. La cultura popular también se vio seducida por la figura del asesino. El grupo Attaque 77 le dedicó Barreda’s way que decía: “Se burlaron de mí y ahí nomás les disparé. Si volviera a nacer, lo habría intentado otra vez. Tuve una esposa y dos hijas y mi suegra basureándome de aquí para allá. Siempre me decían conchita, me trataban como mierda sin razón en mi hogar. Pero un día me cansé de esperar…”. Además, la Bersuit Vergarabat lo mencionó en La argentinidad al palo: “Locati, Barreda, Monzón y Cordera también matan por amor…”.
Durante mucho tiempo, la historia de Barreda fue un consumo irónico, el remate de un chiste, la historia de un loquito que un buen día mató a la familia. En palabras de Rita Segato: “Así como es común que el condenado recuerde a su víctima con gran rencor por asociarla al desenlace de su destino y a la pérdida de su libertad, de la misma forma la comunidad se sume más y más en una espiral misógina que, a falta de un soporte más adecuado para deshacerse de su malestar, le permite depositar en la propia víctima la culpa por la crueldad con que fue tratada”.


En medio de esto ¿dónde queda la verdad de las víctimas que no pudieron contar su versión de la historia? Detrás de esta pregunta, la directora Daniela Goggi se embarcó a contrarrestar la idolatría popular del cuadruple femicida con su última película Barreda (2026). En las propias palabras de la directora, un intento por humanizar y dar voz a las cuatro mujeres de las cuales se supo muy poco para así “desarmar el camino que logró instalar la defensa en la opinión pública que le dio el beneficio de la duda a un asesino de cuatro vidas”. La película cuenta con el protagónico de Luis Machín encarnando al asesino en una actuación tan magistral como escalofriante, junto a Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata y Margarita Paéz, quienes interpretan a la esposa, suegra y sus dos hijas respectivamente.
La película inicia con el instante inmediatamente después de los asesinatos hasta la llegada del juicio oral, con flashbacks que cuentan esa vida familiar (reconstruida gracias a personas cercanas como las amigas y los novios de Cecilia y Adriana). Barreda es retratado como un hombre frío, que constantemente demuestra desapego y hasta desprecio hacia las mujeres quienes diariamente debían convivir con un hombre enojado e imprevisible. Un psicópata al borde del estallido al ver desafiada su masculinidad en medio de un entorno doméstico que no lo tenía como el amo y señor que él mismo sentía merecer.
A través de su mirada, Goggi recrea la cotidianeidad donde las cuatro mujeres están buscando alguna forma de librarse de esa dinámica familiar, desde sus hijas que planifican irse y vivir con sus parejas y la propia Gladys que quiere divorciarse de su marido, aunque este se niega a separarse ya que lo único que le importa es quedarse con la casa. “Se las planteó como si fueran unas brujas. Estas mujeres fueron víctimas y lo único que se hizo fue deshumanizarlas. La película tiene esa función, empezar a mostrar todos los señuelos y todos los indicios de una convivencia mediada por la violencia doméstica”, expresó la cineasta.


20 años antes de que todo el país se movilizara en lo que fue la primer marcha Ni Una Menos de 2015, Barreda fue condenado a prisión perpetua. En 2008 se le fue concedido el arresto domiciliario por buena conducta y por ser mayor de setenta años. Para el 2020, fue internado en un geriátrico de José C. Paz, donde murió el día 25 de mayo a los 83 años.
A tres décadas del crimen, el film de Goggi representa un acto de reparación histórica sobre la memoria colectiva. Al disputar el relato a la mítica machista que transformó a un asesino en un héroe popular, la película desmantela una retórica que durante años sirvió para justificar el horror y amparar el cuádruple femicidio bajo el disfraz de una reacción contra el maltrato. De la mano del cine, las verdaderas protagonistas dejan de ser “cuatro bultos” y recuperan su identidad de mujeres con proyectos, miedos y deseos de libertad.
Pero existe, además, una justicia poética y política en el hecho de que sea una mujer quien tome la cámara para narrar esta historia. Frente a la mirada patriarcal que durante años fijó la pauta de cómo se contaba el caso Barreda, la mirada feminista interviene para despojar al asesino de cualquier mística o épica de venganza. El verdadero acto de justicia narrativa no consiste solo en condenar al culpable en los tribunales, sino en arrebatarle el poder de la palabra para devolvérsela, al fin, a quienes fueron silenciadas.