¿Puede una infancia autogestionar el dolor Circular 10 octubre, 2026

¿Puede una infancia autogestionar el dolor

Hay una escena que se repite en demasiadas casas argentinas y que nadie quiere nombrar. Una mamá yendo a buscar a su hijo hija para ir a la escuela y descubriendo que ya no está. Que se fue. Que eligió el camino más definitivo para escapar de un dolor. No es una historia aislada. Es una historia que se repite todos los días.

Por Ani Alegre

 

En Argentina muere un adolescente por suicidio cada 24 horas. Las internaciones de niños y niñas por riesgo suicida crecieron casi un 40% en un año. Lo dicen los datos, lo repiten los informes, lo gritan los organismos internacionales. Pero llegamos tarde otra vez.

Desde el 2023, el suicidio es la primera causa de muerte violenta en nuestro país y la presunción de esta nota es bastante molesta: no es solo que suframos más, es que ya no sabemos qué hacer, colectivamente, con lo que sufrimos.

Lo más estremecedor no son sólo las cifras por día. Nos impactan las edades y la posibilidad materializada. Cada vez son más chicos. Cada vez más pequeñas. Cada vez más temprano. Hoy las internaciones de niños y niñas por riesgo suicida aumentaron casi un 40% en un solo año. Niños de 12 años. Nenas de 11. 

El informe es tremendo y obliga a detenernos: el 61% de las internaciones por salud mental de menores en Argentina son por ideación suicida, autolesiones o intentos de suicidio. El 78% de esos casos son adolescentes de 14 a 17 años. Pero hay un dato que impacta hasta hacerte sentir frío: el 11,6% son niños y niñas de 12 años o menos. Una de cada diez infancias que todavía no terminó la primaria ya intentó quitarse la vida.

¿Qué está pasando con nuestra infancia? ¿Qué les estamos haciendo? 

Especialistas dicen que es importante evaluar la desesperanza en relación al futuro, que de acuerdo con numerosos estudios suele asociarse fuertemente a la intencionalidad suicida. 

Dicen también que la pandemia terminó, que volvimos a la normalidad pero las y los chicos no volvieron, siguen cargando con algo que empezó en 2020 y que nunca se fue. El encierro, las pantallas, la soledad, la angustia de ver a su mamá y su papá con miedo, la escuela por el celular, los abrazos por mensajes de whatsapp. 

Los psicólogos lo llaman «la generación del encierro». Pasaron gran parte del día ensimismados, crecieron mirando caras y escuchando voces de otros por pantallas, no supieron cómo compartir espacio en los recreos y aprendieron que el mundo es un lugar peligroso con epidemias letales. Les es difícil pedir ayuda frente a un adulto al que también le es difícil y no pueden reconocer el “estoy mal” como una posibilidad frente a una sociedad exitista, consumista y de excesiva cultura del descarte.

Hay una capa más que compleja y es el fenómeno de las redes sociales. Hay una gran estafa en tiktok, en los shorts, en instagram, facebook y absolutamente en todos los influencers, contenidos y juegos que forman parte de su rutina con el celular: les venden felicidad. Y eso individualiza aún más el dolor, porque el riesgo es creer que eso es la vida, la riqueza, la belleza, lo material, el éxito, la rapidez, la facilidad, la alimentación y el descarte. Ahí está la infancia conceptualizando un mundo de cotillón, solo sola con el sufrimiento de no poder sentirse parte de ese ecosistema virtual.

Que tenes que tener un cuerpo asi, que tenes que pegarle a la pelota asa, que tenes que comprarte este vaso y usar estos pantalones, que tenes que viajar a esta playa, usar estos dispositivos, hacer estos ejercicios y ser un triunfador a los 21 años. Que tenes que pasear con amigos de tal manera y estar bien, sobre todo estar bien. Y bien, si no lo estamos el problema ¿somos nosotros? 

¿Con qué sueñan las infancias?

Hace un tiempo me pregunté si le enseñaba a mi hija y a mi hijo a soñar. Si de verdad estaba acompañándolos en esa posibilidad, en la imaginación de ese futuro, si lo hablaba lo suficiente y si en realidad debía hacerlo más seguido. En esas charlas me encontré con respuestas disímiles. Y me sigo consultando si sueñan las infancias con viajar, con ser bailarinas, veterinarios o tener una casa. ¿Qué futuro ven? Hay muchas y muchos que no sueñan porque no ven un futuro. Porque nos ven haciendo malabares en este presente de incertidumbres, porque crecieron escuchando que el mundo está jodido, que no hay trabajo, que no hay plata, que no hay esperanza.

Un joven de 16 años que termina con su vida  no es un enfermo mental. Es un chico que no le encuentra sentido a seguir, que mira el mundo y no lo siente o siente que sobra, que no vale, que no importa si está o no. Y eso no es culpa de él, es culpa nuestra porque no somos solos, formamos parte de un sistema que excluye, que maltrata, que abandona. Es culpa de nuestra sociedad cuando se naturaliza la desigualdad, la violencia, la precariedad. Es culpa de un país que les dice a la juventud que no hay lugar para ellos. 

Los números y los datos de los suicidios y las causas de depresión y problemáticas de salud mental para no transformarse en papelitos o código de barras, necesitan de un entendimiento y mi presunción no es sólo que estamos sintiendo cada vez más dolor sino también que algo se rompió en la dialéctica, antes el sufrimiento se transformaba en derechos y ahora la cultura del sálvese quien pueda nos encuentra autogestionando los padecimientos. Lo grave es pensar que una infancia o una adolescencia puede hacerlo sola.

El voto femenino no nació de un repollo o de las ganas de los legisladores de que las mujeres se sumen a la vida democrática de un país. Hubo luchas, manifestaciones, embates y hasta muertes. Las horas de trabajo de 8 horas con convenios dignos no cayeron como un paracaídas, fueron laburantes quienes transformaron ese sufrimiento y ese dolor en un reclamo colectivo. Lo mismo pasó con las vacaciones u otras leyes importantísimas que lograron descifrar el dolor como una injusticia y lejos de vivirse como destino personal, se consolidó como consecuencia de una estructura dada y activó un mecanismo histórico, humano y de gran sensibilidad para transformarlo: la acción colectiva.

Pensar que el suicidio se contagia como una enfermedad infecciosa es una de las tantas maneras que elegimos para perpetuar el tabú ante la muerte, para no ver lo que nos disgusta, lo que nos hace mal, lo que nos está rompiendo. Evidentemente no podemos seguir repitiendo que se mata más gente los domingos, que es un tema de la psiquiatría y que es un mambo delicado para hablar. Parafraseando a Foucault, el suicidio no se puede encontrar en estado salvaje, no existe sino en una sociedad. No es una familia aislada y excéntrica, no son los Medina, los Robín o los Godoy, no es que no vieron un problema que tenía su hijo o su hija. Desde esa óptica individualista y egoísta silenciamos algo que es de toda la sociedad, y se lo atribuimos a un sujeto específico. Dejamos de ver al hombre, a la mujer, al humano íntegro en todas sus dimensiones.

El dolor existe. Está acá, en el pasillo o en la cocina. En la casa de al lado y en el celular. En la escuela de tu hijo. En la plaza donde jugás con tu sobrina. En el grupo de WhatsApp de la escuela. En la mirada de esa nena. Y no hay más tiempo, cada día que pasa, muere un adolescente o un niño en nuestro país. Cada día que pasa, hay una comunidad que se rompe para siempre. Cada día que pasa, perdemos un pedazo de futuro.

Este no es un tema exclusivo de psiquiatras y psicólogos o de una familia. Podemos ser vehículo de referentes y de derivaciones oportunas. Lo que demuestran muchos estudios es que hablar de manera correcta, con los elementos necesarios y con un buen sistema de derivación en red, es un factor protector. Los suicidios se frenan en comunidad.

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