En vísperas de un nuevo 8M, algunas reflexiones sobre las voces que fueron inconvenientes y la potencia política de arruinar la fiesta de unos pocos cuando éstas se sostienen a costa de nuestra existencia.
[Feminismos]
×Clara Chauvín
Imagen de portada: Valerie Solanas
Encarcelado en una fortaleza de Bastilla en 1785, Donatien Alphonse François –más conocido como Marqués de Sade– escribió con letra diminuta en un largo rollo de papel durante 37 días, una de sus obras fundamentales. El manuscrito permaneció oculto durante más de un siglo hasta que fue publicado en 1904. La novela era Las 120 jornadas en Sodoma, una de las más extremas fábulas sobre el poder y la corrupción. La historia se centra en cuatro libertinos que deciden dar rienda suelta a un sinfín de perversiones, cada uno de ellos simbolizando a distintos estamentos del poder: el Duque de Blangis, representante de la aristocracia; un Obispo que encarna el poder escleciastico; un magistrado que representa el poder judicial y, finalmente, un banquero que personifica el poder económico.
En sus primeras líneas, Sade escribió:
Las guerras considerables que Luis XIV tuvo que sostener durante su reinado, agotando las finanzas del Estado y las facultades del pueblo, descubrieron sin embargo el secreto de enriquecer a una enorme cantidad de esas sanguijuelas siempre al acecho de las calamidades públicas que provocan en lugar de apaciguar, y eso para poder aprovecharse de ellas con mayores beneficios. El final de ese reinado, tan sublime por otra parte, es tal vez una de las épocas del imperio francés en la que se vio un mayor número de estas fortunas oscuras que sólo resplandecen con un lujo y unos desenfrenos tan sordos como ellas.
Encerrados en un castillo con un grupo de jóvenes mujeres y varones, secuestrados para la ocasión, los cuatro libertinos organizan a lo largo de 120 días una extensa orgía de sexo y violencia, actos descriptos por Sade con un nivel de detalle explícito tal que su lectura no está exenta de incomodidad. De la misma forma sucede con la polémica adaptación cinematográfica de 1975 que hizo el director Pier Paolo Pasolini en la que fuese su última película, con la historia ubicada en contexto de la República de Salò, el último régimen fascista italiano. Al igual que la obra de Sade, la película del cineasta italiano ilustra qué sucede cuando la impunidad del poder absoluto –el que decide qué cuerpos importan y cuáles no– hacen desaparecer completamente los límites morales y sólo queda la aniquilación física y simbólica de la humanidad.
No fue en un castillo pero sí en una isla privada donde el empresario estadounidense Jeffrey Epstein brindaba grandes fiestas para políticos, magnates, aristócratas y celebridades como Donald Trump, Bill Clinton, Bill Gates, Woody Allen, Noam Chomsky, el príncipe Andrew y una larga lista de nombres que aparecen en las millones de páginas de documentos judiciales, fotografías y expedientes dados a conocer por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Epstein fue acusado de tráfico sexual de menores y conspiración para explotar sexualmente a decenas de niñas a lo largo de varios años; en 2019 fue detenido y encarcelado hasta que el 10 de agosto de ese año fue encontrado muerto en su celda en el Metropolitan Correctional Center de Nueva York, mientras esperaba ser juzgado.
La versión oficial indicó un suicidio por ahorcamiento, pero hasta el día de hoy persisten las dudas en torno a esa muerte. De haber llegado a exponer ante la justicia, su testimonio podría haber evidenciado lo que los archivos inducen: una extensa red de miembros de la élite, protegidos por todo un sistema que permite hacer uso y abuso de cuerpos de jóvenes, en su mayoría menores y de clase baja. Eran primero contratadas como masajistas, pero luego pasaban a ser abusadas sexualmente de forma sistemática. A algunas se les ofrecía más dinero si lograban traer a otras adolescentes; también se les prometía acceder a estudios universitarios, contactos en el mundo del espectáculo y viajes por el mundo.

Las víctimas hablaron y sus testimonios son desgarradores, varios fueron reunidos en la serie documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich (2020). La primera en alzar su voz fue Maria Farmer, quien denunció a Epstein y a su socia Ghislaine Maxwell ante el FBI en 1996, pero varios años debieron pasar hasta que la investigación inició su curso. Nuevas denuncias aparecieron en 2005 –que lograron ocultarse gracias a acuerdos de confidencialidad– pero en 2011 Virginia Giuffre decide romper el silencio y hablar en medios de comunicación mostrando una fotografía de cuando aún era adolescente junto al príncipe Andrew, una acción que abrió la puerta a que más sobrevivientes se animen a hablar públicamente sobre los abusos a los que fueron sometidas. Además, su testimonio fue clave para la condena de 20 años contra Maxwell, encargada de oficiar de madama para Epstein. Virginia se transformó en una activista por la defensa de sobrevivientes de tráfico sexual, mientras sufría el escarmiento de parte del círculo más cercano del magnate, hasta que se quitó su vida en abril de 2025.
Yo, la peor de todas
El movimiento #metoo en Estados Unidos –como también el avance de los feminismos en el resto del mundo durante la última década– generaron las posibilidades para que luego de años de denuncias y amenazas, las víctimas sean realmente escuchadas. Se necesitaron muchas aguafiestas metiéndose en todas las conversaciones para recordar que la violencia de género existe y es política. Ser una aguafiestas, escribe Sara Ahmed, implica ser quienes toman la decisión de exponer un problema determinado. Pero esto, por sí mismo y por lo que conlleva, genera un problema:
Lidiar con un problema se convierte en lidiar con una persona. En otras palabras, una manera de manejar un problema es hacer que la gente deje de hablar de él o que aquellos que lo hacen se vayan. Si la gente deja de hablar sobre un problema, o si los que hablan del problema se van, puede asumirse que el problema ha desaparecido.
Desde sus mismos orígenes con ese gran exterminio que fue la caza de brujas entre los siglos XV y XVIII, la guerra contra las mujeres se ha sostenido apelando a la locura e insania para cancelar a aquellas que hacían demasiado ruido. Todas esas inconvenientes que generaron problemas y hasta osaron ser demasiado incluso para los mismos feminismos. Natacha Jaitt era actriz, vedette y trabajadora sexual, y sentada en la mesa de Mirtha Legrand habló de una red de trata de menores, integrada por dirigentes y periodistas que abusaban de jugadores de las inferiores del club Independiente. En 2018 publicó su ya recordado tweet: “AVISO: No me voy a suicidar, no me voy a pasar de merca y ahogar en una bañera, no me voy apegar ningún tiro, así que si eso pasa, NO NO NO FUI. Guarden tuit”. Al año siguiente, los medios de comunicación titularon que fue “encontrada muerta” y la versión oficial habló de sobredosis. Era demasiado quilombera y se expuso públicamente casi sin acompañamiento; la absoluta indiferencia era el altísimo precio a pagar por ser mala madre, puta y drogadicta.

Sinéad O’Connor era una de las cantantes más populares a comienzos de los ‘90, su versión de Nothing compares 2 U la convirtió en una estrella, pero también generaba controversias como cuando rechazó en 1991 un premio Grammy en oposición a “valores materialistas falsos” y en modo de protesta contra la guerra en el Golfo. Para 1992 sucedió el hecho decisivo para su carrera cuando se presentó en el popular programa Saturday Night Live. A capella y mirando fijamente a la cámara, cantó War de Bob Marley y luego rompió a pedazos una fotografía del Papa Juan Pablo II para denunciar los abusos sexuales y la pedofilia dentro de la Iglesia Católica. “Pelea contra el verdadero enemigo” pronunció y el repudio fue inmediato; días después, en un concierto por los 30 años de carrera de Bob Dylan en el Madison Square Garden, un abucheo ensordecedor le impidió cantar. El músico Kris Kristofferson se le acercó y al oído le dijo “No dejés que estos bastardos te depriman”. Sinéad tomó el micrófono y alzando su voz por sobre todos esos gritos, volvió a cantar War.
En 2009, Kristofferson le dedicó una canción donde decía: “Y quizás esté loca y quizás no, pero también lo estaba Picasso y también los santos. Y nunca ha sido partidaria de los grilletes ni las cadenas. Es demasiado vieja para romperse y demasiado joven para ser domada”. La carrera de Sinéad jamás volvería a remontar y sus discos posteriores quedaron invisibles. Con el paso de los años, solamente era noticia por sus adicciones, intentos de suicidio, trastornos mentales y la trágica muerte de un hijo, hasta su temprano fallecimiento a los 56 años en 2023. En una entrevista dijo: “Nunca dije que quisiera ser una estrella pop. Nunca me he arrepentido de lo que he dicho o hecho, al contrario, estoy orgullosa de ello. Me han roto el corazón y me han matado. Pero no estoy muerta. Han intentado enterrarme. No se han dado cuenta de que soy una semilla”.

Crear un mundo mágico
Una muerte temprana y en soledad pareciera ser la condena maldita para todas aquellas que fueron demasiado, entonces el poder silencia a las destructoras de la feminidad enviándolas a la marginalidad y el olvido. Valerie Solanas tenía 52 años cuando fue encontrada sola en una habitación de hotel barato en San Francisco el 25 de abril de 1988 luego de varios días muerta. Su nombre suele ser vinculado a uno de sus episodios más infames como el intento de asesinato a Andy Warhol en 1968 por el que fue condenada a dos años de prisión; padecía esquizofrenia, sufrió abusos sexuales en su infancia por parte de su padre, vivió en la calle y ejerció la prostitución.
Pero también fue a la universidad donde estudió psicología y escribió en 1967 el Manifiesto SCUM, autoeditado en formato de fanzine para venderlo a cambio de algunas monedas mientras deambulaba por las calles del Greenwich Village en Nueva York. En su escrito, Valerie proponía como gran solución para el mundo la eliminación del macho. Sostenía que los hombres cis eran “mujeres incompletas” y la masculinidad representaba una incapacidad para “sentir amor, amistad, afecto o ternura”. Una condición que los impulsaba a los varones a llenar esos vacíos a través del capitalismo, las guerras, la violencia y el total sometimiento hacia las mujeres para “convertirlas en hombres: dependientes, pasivas, abocadas a las tareas domésticas embrutecedoras, simpáticas, inseguras, ávidas de aprobación y de seguridad, cobardes, humildes, respetuosas con la autoridad de los hombres…”. La individualidad femenina es algo que perturba y genera miedo y por eso el patriarcado despliega todas sus armas de dominación para quebrarla. Valerie quería un mundo invadido por mujeres SCUM, es decir:
… Las mujeres dominantes, libres, seguras de sí mismas, mordaces, violentas, egoístas, independientes, orgullosas, intrépidas, libres, arrogantes, que se consideran capaces para gobernar el universo, que han luchado contra viento y marea hasta alcanzar los límites de esta sociedad y están dispuestas a desenfrenarse y barrerlos.

La escritora tenía la convicción de que una verdadera revolución feminista significa derrotar el sistema laboral-monetario para así alcanzar la liberación del control masculino, y de esa manera poder elegir “actividades con significado, emocionalmente satisfactorias” ya que la verdadera función de las mujeres debería ser “explorar, descubrir, inventar, resolver problemas, contar historias… En otras palabras, crear un mundo mágico”.
Escupir el asado
Por locas, boconas o demasiado controversiales; por exponer un problema y, por esa misma razón, convertirse en uno, las Valeries, Natachas, Sinéad, Virginias y tantísimas otras de la historia invisibilizada del mundo dejaron semillas que necesitan ser rescatadas de la penitencia del olvido. En especial en este presente de oscuridad, traer de nuevo sus palabras por las que sufrieron escarmientos cuyo costo fue demasiado alto, puede devolver algún tipo de lucidez en la niebla. Las conversaciones y el debate de ideas se diluyen en los algoritmos que homogenizan hasta el vacío para no dejar lugar a lo distinto y a la incomodidad que implica entender que el mundo es un lugar de injusticias permanentes que no deberían tolerarse.
Ahora más que nunca, ser una aguafiestas y estar dispuestas a “causar infelicidad” cuando se señala un problema. “No hablamos sobre sexismo o racismo porque queremos hacer a la gente infeliz; estamos dispuestas a hablar sobre sexismo o racismo aun cuando haga a la gente infeliz”, dice Sara Ahmed. Porque toda la destrucción neoliberal de la que estamos siendo espectadores diariamente no puede sostenerse gracias al enmudecimiento de una población resignada; quizás no nos estamos enojando lo suficiente. Entonces, escupir el asado y aguar las fiestas de unos pocos que celebran su poderío a costa de nuestra propia existencia y, por qué no, darnos el permiso de proyectar un mundo mágico.
∆ {Curaduría por Equipo Circular}